La parte sublime de la política

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

DESDE que Patxi López se sentó con Otegi, es evidente que el pacto antiterrorista está roto, que la ley de partidos se lee a la baja, que los jueces pueden hacer todo y lo contrario de todo, y que Zapatero no va a esperar a que Rajoy se caiga del caballo. Y eso es tanto como decir que la política antiterrorista de Aznar quedó reducida a ceniza, y que, a pesar de la pervivencia de un discurso ramplón que el PSOE no se atreve a sustituir, ya disponemos de hoja de ruta para la paz. Pero este esperanzador ensayo carece de consenso, y todavía hay millones de españoles que desconfían de los acuerdos que puedan lograrse con ETA, que dudan de la legalidad del proceso, que consideran éticamente reprobable la filosofía que inspira las conversaciones, y que incluso temen que todo vuelva atrás cuando los batasunos hayan reconquistado los espacios políticos perdidos y cuando ETA haya reclutado nuevos efectivos. Y, dado que nada de esto puede descartarse, estamos asistiendo a un enfrentamiento radical y confuso que, lejos de circunscribirse al análisis de los medios y las oportunidades de la paz, se centra en duros juicios y descalificaciones morales y en apocalípticos discursos sobre la rendición del Estado. La causa de este desajuste hay que buscarla en el momento en que la política fue desplazada de la lucha antiterrorista, para poner en su lugar una panoplia de medidas milagrosas integrada por reformas legales a tutiplén, autos de procesamiento que funcionaban como sentencias, un victimismo militante que sustituía los análisis políticos por interpelaciones sentimentales, y un discurso único que no dejaba lugar para críticas ni evaluaciones. Y así nos fuimos deslizando hacia una dogmática interpretativa que negaba la realidad, y que ahora nos obliga a remar en contra del discurso que parecía favorecernos. Aunque estoy convencido del acierto básico de Zapatero, tengo que reconocer que las cosas que dice el PP son las mismas que dijo el PSOE cuando no sabía cómo enfrentarse a la barbarie etarra. Y por eso me temo que, si mantenemos el discurso correcto, con todos sus tópicos y simplezas, no quedará más remedio que aceptar que la reunión de Otegi y López pudo ser delito, que el auto de Garzón contradice lo que hizo antes, y que la política de Zapatero tiene trazas de traición al Estado Pero lo que en realidad nos pasa es que tenemos anemia política, un andacio de simplismo, y una grave indigestión de leyes, autos, emociones y dogmas. Por eso hay que celebrar lo que parece ser el regreso a la política. Porque por mucho que la desprestigiemos, no es posible vivir en sociedad si no se acepta la clara primacía y el carácter fundacional de lo política.