CADA CUAL confía a las botas de los futbolistas lo que le peta. Parece que hay muchos que depositan en ellas la honrilla de su pueblo, incluso el honor nacional -de nación de antes- y basta para comprobarlo haber contemplado el lagrimeo de los graderíos cuando España cayó en Alemania. Quizá sea necesario hacerse un tanto cínico para confiarle algo a unas botas, sean las de Zidane u otras, sin tener interés por el fútbol, sin contemplarlo más que como ese fenómeno social en el que parecen acumularse grandes dosis de dinero negro, enredos entre directivas y grupos que en ocasiones cabría calificar de mafiosos, y en todo caso la frecuente simbiosis entre balompié y poder municipal, que se muestra en exceso generoso con clubes multimillonarios. Francia era para muchos, un haz de viejos futboleros que iban a dar su último respiro al Mundial. Y está a las puertas del campeonato, y con el vicecampeonato seguro. Con los méritos de la veteranía, la calidad, el largo currículo contrastado... Lo que no se lleva, en definitiva, o se estila poco, cuando privan los liderazgos productos de un fogonazo, la admiración de lo instantáneo, la juventud como único estadio de la vida en el que se pueden hacer grandes cosas, el hábito de consumir un ídolo mediático en diez minutos para sustituirlo por otro que no se quiere para más. Zidane, y Francia con él, han demostrado que, diga lo que diga un aparentemente amplio sector de la sociedad, todavía son útiles las trayectorias largas, presentables, vidas que han tenido algún contenido. Lo cual no debe llevarnos al otro extremo para pensar que un joven tiene que esperar lo indecible para demostrar sus valores apreciables. Todo el que ha querido ver ha conocido a más de un joven recién llegado que ha arrumbado con todo su entorno. Pero de cuando en vez, aunque tenga que ser a través de las botas del fútbol, siguen aflorando los valores consolidados paso a paso, que no emergieron, al igual que en el poema de Miguel Hernández, como del rayo.