HA PASADO la hora de las lágrimas espontáneas, y llega la hora de las responsabilidades. Me refiero al accidente del Metro de Valencia, el más grave de la historia de este medio urbano de transporte en España. Hacía tiempo que nuestro país no vivía una conmoción similar, como consecuencia del número de víctimas y, en parte, del ambiente que vive la ciudad, en vísperas de la visita del Papa Benedicto XVI. La estampa de las banderas vaticanas cubiertas con crespones de luto ha emocionado incluso a los agnósticos. Valencia ha sido otra capital del dolor, con escenas que a muchos nos recordaron el impacto de la matanza del 11-M en Madrid. Sólo había dos diferencias: el número de muertos y heridos y el causante de la tragedia. En Madrid fue el terrorismo. En Valencia, la desgracia. Pero incluso las desgracias y el infortunio tienen una explicación, y la tarea de ahora es encontrarla. La caja negra del metro deja poco espacio para la duda: ese tren, como se cuenta en otro lugar de este periódico, viajaba al límite de su velocidad, que era justo el doble de la permitida en el lugar del siniestro. Con el conductor y la interventora del tren fallecidos, faltan testimonios fundamentales que ayuden a explicar lo que pudo ocurrir. Pudo haber sido un desvanecimiento, un descuido, un fallo humano, o falta de preparación profesional del conductor. Un mar de incógnitas, que persisten aunque se haya encontrado la causa última del suceso. La gran lección provisional es que este país, a pesar de todos sus avances tecnológicos, tiene asignaturas pendientes en la seguridad. Las explicaciones que se han dado en Valencia aseguran que los materiales estaban en buenas condiciones. Pero los sindicatos denuncian que esa línea sufría un constante deterioro o que faltan sistemas de evacuación en emergencias. Y lo peor: esa línea no dispone de control continuo de velocidad, que impide a los convoyes circular a más de lo permitido. Esa ausencia ha tenido las dramáticas consecuencias que comentamos: un tren que entra en una curva peligrosa a velocidad suicida. Es lo que pasa en este país. Se hacen grandes inversiones, pero falta la sensibilidad para que la seguridad sea la prioritaria. Es como si a nadie se le ocurriera que un metro transporta a cientos de miles de personas. Es como si nadie tuviera la previsión de pensar que por un punto negro pasan cada día un número de viajeros que equivale a la población de una ciudad. Mientras no ocurre nada, las conciencias están tranquilas. Pero un día fatídico lo llamado a explotar, explota. Y después, sólo queda el llanto. Quizá lleve la culpa ese conductor. La culpa de fondo es la miseria que ha impedido el gasto para garantizar la seguridad.