LAS COLONIAS NORTEAMERICANAS SE SEPARAN DE INGLATERRA Ante la rebelión de las colonias inglesas de Norteamérica, España, más por rivalidad con los británicos que en beneficio propio, optó por colaborar con los sublevados. Pero la aportación española a la independencia de EE.UU. siempre ha sido poco conocida y poco reconocida.
03 jul 2006 . Actualizado a las 07:00 h.Muchos de los detalles que rodean la independencia americana están envueltos por un halo legendario, en parte por la magnificación del decisivo hecho histórico desde sus inicios y en parte por la razón de que casi todos sus promotores pertenecían a sociedades secretas. Así, por ejemplo, los masones Hamilton, Washington o Franklin, éste último también rosacruz. La leyenda habla también de la influencia baconiana de New Atlantis o de ciertas intervenciones decisivas en momentos de incertidumbre, división o desconcierto por parte de un misterioso personaje llamado The Professor, a quien los fundadores tenían gran aprecio y respeto y que se decía era un enviado de alguna logia secreta. Pero más allá del misterio o de las leyendas ligadas al nacimiento de la gran nación norteamericana existen hechos históricos que cabe recordar. Las primeras escaramuzas notables entre Inglaterra y sus colonias de Norteamérica se produjeron tras la promulgación por la metrópoli de la Ley del Timbre de 1765 y luego el conocido impuesto del té, que daría lugar al primer choque armado en Concord, ya en 1775, al que siguió luego la famosa declaración de independencia el 4 de julio de 1776. La importancia de este hecho no pasó desapercibida a los contemporáneos ni menos a los ministros españoles Aranda, Floridablanca o Grimaldi. Al principio la política española se debatía entre dudas sobre si debía intervenir España, junto con Francia, para apoyar a los colonos americanos. Nuestros grandes intereses en América avalaban la opción más prudente, pero la animosidad anti-británica producida por el continuo apoyo de los ingleses a nuestros enemigos marroquíes, argelinos o moros filipinos, inclinó la balanza del lado de los colonos. José Gálvez, ministro de Marina, ordenó el envío de agentes desde La Habana para informarse del estado real de la situación. Tras la petición de ayuda del general Carlos Lee en septiembre de 1776, desde A Coruña zarpó en enero de 1777 con destino final a Nueva Orleans, tras escala en La Habana, un cargamento de armas, ropas, municiones y quina. Además, Floridablanca proporcionó letras de cambio a los rebeldes para que pudiesen comprar en Holanda. A estas ayudas las siguieron otras en efectivo o a crédito, así como fusiles, ropa y otros. Como suele pasar a la ayuda española, no se le sacó apenas partido y fue Francia quien logró ventajas comerciales. Y como casi siempre, más buena intención y patriotismo que acierto práctico y habilidad política. Se nombró como agente español en Washington al señor Miralles, quien logró un acuerdo con los Estados Unidos por el que se reconocía el dominio de España sobre Illinois, Misisipi, Florida y Pensacola. Mientras, el general George Washington se hospedaba en julio de 1782 en casa del representante español y trataba de convencerlo para que el rey de España se declarase poderoso protector y defensor de la independencia de los Estados Unidos. Sin embargo, las también habituales intrigas y retrocesos de la voluble corte española con su escasa tradicional visión de Estado hicieron que las relaciones hispanoamericanas se enfriaran. No obstante, aunque raras por parte americana, existen declaraciones de reconocimiento a nuestra labor durante la independencia americana. Así, el embajador mister Stanton Griffis el 5 de febrero de 1952 hizo alusión a «la ayuda que España le prestó a Estados Unidos en el momento de la independencia, un extremo que aquí los historiadores han tratado de ocultar siempre, o por lo menos disminuir, mientras ensalzaban la ayuda francesa. Hasta ignoran que Carlos III le hizo a los Estados Unidos el primer empréstito, a fin de que pudieran comprar uniformes, municiones y pertrechos para su entonces descamisado Ejército, y durante quince años España pagó una tras otra en los bancos de Austria, Alemania, Italia y Holanda, letras a las que los Estados Unidos no podían hacer honor».