Dones

| EDUARDO CHAMORRO |

OPINIÓN

PUES sí, es una lástima que el Gobierno y la oposición vayan tan cada cual por su lado en la cuestión del terrorismo etarra. Es una pena que el estado de una coincidencia probablemente tan deseable se encuentre en una condición tan lastimosa. Pero así son las cosas políticas, sin nada que sugiera la posibilidad de que fuesen de otro modo. Hubo un tiempo -o tal vez convendría decir una época- en el que sí lo fueron, pero la voluntad de las mayorías no parece, hoy por hoy, apuntar en ese sentido. Quizá en aquellos tiempos -no sé si los recuerdan- había una mayor voluntad de convencer y una mejor intención de convencerse o darse por convencido. Hoy no es ese el argumento dominante, y puede que la razón de que no lo sea no radique tanto o todo el rato en las intenciones y las voluntades concernidas como en los dones y atributos distribuidos por el azar del drama y el destino más furtivo de la escena. Está claro que el Gobierno del PSOE no convence a la oposición del PP. Pero no está menos claro que tampoco Zapatero convence a la totalidad de los suyos, se manifiesten éstos por boca de Rosa Díez o por la mucho más pequeña de Bono, o por las palabras trazadas en el muro y apenas pronunciadas por Felipe González. Nadie sabe muy bien en qué consiste la estrategia del presidente Zapatero, ignorancia a partir de la cual se abre el ala de quienes piensan que no la tiene y la de quienes estiman que la tiene pero la oculta. Hay otra escuela, no menos improvisada, de pensamiento al respecto, puesta a rumiar no la estrategia del encartado, sino la averiguación de sus tácticas. En esta escuela los ramales pueden llegar a ser tan innumerables como las arenas del desierto, así que me limitaré a señalar la línea de quienes estiman que no tiene táctica, carencia evidente cuando se le ve en la plenitud del aleteo con el que domina la pasarela o el plinto de su retórica entrecortada, puesta por sí misma en duda cuando a partir de un cierto número de palabras se le acaba la respiración y entra en una apnea desde la que recupera luego el hilo de su argumento o el tranquillo del parlamento que haya memorizado. Es difícil convencer así. Aunque luego la vicepresidenta despliegue el pastoreo de decirnos lo que quiso decir su jefe.