HAY QUE reconocerlo. Después del debate monográfico sobre la reforma estatutaria celebrado el jueves en el Parlamento gallego no se habla en Galicia de otra cosa: ¿De la nación? No señor: ¡De los empastes y las muelas! Y es que para sorpresa de nuestra más altísima mandancia, el país no estaba el viernes impactado por el rayo de una sesión parlamentaria en la que sus señorías habían abordado el gran asunto del to be or not no be de los gallegos, sino por una noticia que el miércoles adelantaba muy destacada este diario: «Los empastes serán gratuitos desde septiembre para los niños de 6 a 12 años». Fue así como la duda Hamletiana («Ser o no ser: he ahí el problema») quedó arrollada en el interés del pueblo llano por la patria familiar de la salud bucodental. ¿Y la nación de Breogán? ¿Y nuestro carácter nacional? ¿Y el dilema de si somos nacioregidad o regionacidad? Pues todo ascendiendo a la estratosfera de la política irreal mientras aquí la atmósfera se cargaba del sentido de la realidad de la conselleira de Sanidad, que debe creer aún que su función no es crear problemas de la nada, sino resolverlos donde existen: su decisión, ya anunciada en la primera comparecencia de María José Rubio ante la Cámara autonómica, supone, así, mucho más que una magnífica noticia para los miles de familias que tenían que utilizar plastilina para obturarles las caries a sus hijos. Constituye, en realidad, una auténtica metáfora sobre la forma de bien gobernar la autonomía. ¿Por qué? Pues porque la Xunta no ha necesitado de ninguna reforma estatutaria para tomar una decisión que hará mucho más por el bienestar de los gallegos que cualquier denominación identitaria: «Galicia, nación de Breogán, é un reino celestial». Pues ni con esas: mejor atender a los dientes de los niños y a otro montón de urgencias más para las que no es necesario ni mover una coma de la vigente norma estatutaria. No se entiende, por eso, la insistencia pertinaz con la que el presidente de la Xunta exige a Núñez Feijoo que se ponga la «camiseta nacional de Galicia». Aunque, claro, quizá resulte natural que quien proclama que «non podemos esperar pola conversión» del líder del PP se muera de impaciencia, pues parece lógico que alguien que se ha convertido de la noche a la mañana espere con ansia la conversión de los demás. En todo caso, la caída del caballo de Pérez Touriño camino de San Caetano no debiera hacerle olvidar lo que siempre compartió con quienes hicimos con él una buena parte del trayecto: que a las gentes de la izquierda nos preocupan mucho más las muelas de los niños que las identidades nacionales.