QUIZÁ es que la orquesta funciona conjuntada, porque ya es casualidad que el mismo día de la esperada comparecencia de Rodríguez Zapatero en el Congreso, se conozca el barómetro del CIS, según el cual los encuestados sitúan el terrorismo en quinto lugar entre sus preocupaciones. A distancia del tercer puesto que ha venido ocupando en algunas ocasiones, y a años luz del primero, posición en la que figuró demasiadas veces. Lo habrán hecho coincidir, vaya usted a saber, que dicen que en política no hay casualidades. Sea como fuere, para llegar a donde estamos, lo cierto es que algo o mucho -dependerá de la dosis de cocina demoscópica que hubiera- ha puesto la sociedad, que con su opinión tranquilizadora parece darle un cheque en blanco a Zapatero. Produce la impresión de que los ciudadanos dan por resuelto un problema cuando solamente puede empezar a encarrilarse, admitiendo del presidente del Gobierno sus grandes dosis de optimismo, y todo indica que sin considerar las reiteradas advertencias que ha hecho sobre el camino que llevará al fin de la violencia, que será tortuoso y cuajado de problemas y quizá de serios disgustos. Pero la sociedad dice, remedando el aforismo taurino, que no hay quinto malo, y ahí se sitúa feliz. Este país optimista, más bien de vaivenes emocionales perfectamente predecibles, es el mismo que esperaba ganar el Mundial de fútbol diez minutos antes de meter el primer gol y ahora busca afanosamente culpables para que carguen sobre sus espaldas la triste realidad. Aquí no hay grises, más que en la memoria del franquismo, y se pasa del blanco al negro y viceversa en una décima de segundo. En su comparecencia, Zapatero ha vuelto a demostrar que le importan poco las formas. Se había comprometido a hacerla ante el Congreso de los Diputados, y ha respetado el escenario, pero no los actores. Temo hace mucho tiempo, porque indicios hay para ello, que el presidente seguirá cumpliendo, como mucho, a medias. Si los resultados son enteros, nadie le pedirá cuentas.