Los nazis se purgan

La Voz

OPINIÓN

LA NOCHE DE LOS CUCHILLOS LARGOS El 29 de junio de 1934, las SS informaron a Hitler de que las SA tenían la intención de amotinarse. «Bajo tales condiciones ¿dijo Hitler¿ solo cabía una decisión: una intervención sangrienta y sin contemplaciones que acabara en lo posible con aquella rebelión». El informe, preparado por Heinrich Himmler, era, naturalmente, falso.

29 jun 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

n Nombrado canciller de la República el 30 de enero de 1933, la vida de Hitler adquirió un aspecto vertiginoso y mundano que no fue del gusto de todos sus partidarios. Y a ese disgusto se añadió el malestar por lo que comenzaron a ver como un desviacionismo de la causa revolucionaria nacionalsocialista. Hitler buscaba, en efecto, un cambio de imagen que hiciera olvidar las viejas esencias golpistas del Partido Nacional Socialista Alemán de los Trabajadores, y que ganara para el bien de su cancillería el aprecio de la alta burguesía, los grandes capitalistas y la aristocracia del Ejército. A eso se dedicó durante los meses siguientes, acudiendo a concentraciones políticas, funerales de altos mandos y celebraciones en honor de Richard Wagner, sin dejar por ello de atender a la relectura de los 70 volúmenes de las obras de Karl May, autor del que durante la guerra comentaría que le «había abierto los ojos al mundo». Su antigua inclinación por las francachelas con sus íntimos, o su modo un tanto bohemio de hacer política, comenzaron a ser vistos como algo parecido a la holgazanería, y Oswald Spengler no tuvo el menor reparo en señalar que el Tercer Reich era algo así como «la organización de los obreros en paro por los trabajadores perezosos». Pero las viejas secciones de asalto del partido, las fanáticas SA, no estaban tan dispuestas a bailarle el agua a quien hiciera falta, y ni siquiera a dar siempre por bueno cuanto hiciera o se le ocurriera al Führer. Ernst Röhm, comandante en jefe de aquellas hordas pardas, dio un aviso el 30 de mayo: «La misión de cumplir y finalizar de forma perfecta la revolución nacionalsocialista y crear un Reich nacionalista no ha sido todavía llevada correctamente a cabo». Hitler le hizo saber que la conquista del poder había concluido y que las SA ya habían cumplido su misión. Alzado sobre una fuerza de tres millones de hombres, Röhm perfiló las posiciones: «Adolfo nos traiciona a todos. Ya sólo se trata con reaccionarios. Sus antiguos camaradas ya no son buenos para él. Ahora se codea con los generales de la Prusia Oriental, viejos machos cabríos que, con toda seguridad, no ganarían una nueva guerra». Hitler ordenó la acumulación de todo cuanto se pudiera poner en contra del «señor Röhm y sus amistades». Y a comienzos de 1934 le confió a su visitante Anthony Eden que las SA quedarían pronto reducidas a un tercio de sus efectivos. Röhm respondió con una serie de desfiles triunfales ante los que Göring, Hess, Goebbels y Himmler acordaron poner coto a tanto flamear del extremismo. Hitler convocó a Röhm y a los jefes de las SA a una reunión en Bad Wiesse el 30 de junio para limar asperezas. Cuando el Führer se presentó ante ellos con un látigo en la mano, las detenciones y fusilamientos de miembros de las SA se extendían por toda Alemania. Detenido en una celda de Stadelheim, Röhm tuvo la oportunidad de suicidarse con una pistola que le entregaron sus carceleros. No lo hizo, y fue muerto a tiros a las seis de la tarde del 1 de julio, domingo, mientras Hitler celebraba una fiesta en los jardines de la Cancillería para los altos mandos del partido.