El general Custer se busca la muerte

EDUARDO CHAMORRO

OPINIÓN

Es una de esas batallas que nunca debieron haberse librado. Una de esas apuestas a favor de la muerte que tienen poco que ver con las guerras y mucho con los conflictos de un hombre consigo mismo, con su suerte, con su destino y con el lugar que está dispuesto a labrarse en la historia.

25 jun 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

El hombre se llamaba George Armstrong Custer y era un auténtico mentecato. Era, además, un valiente, y eso lo convertía en el peligro fundamental para las tropas a su mando, los hombres del Séptimo de Caballería. En cuanto a sus enemigos, nunca supo con claridad si eran los indios o los políticos de Washington a los que despreciaba con una envidia sólo comparable al terror que le causaban. Era también un cursi y un presumido. Hay que estar muy dispuesto a una estúpida obsesión para decidir que su casaca y las charreteras de su uniforme habían de ser las mismas que luciera el mariscal napoleónico Murat. Los minuciosos detalles de su atuendo y el estudiado esplendor de sus alamares aún le dejaban tiempo para el cuidado de su melena. Era tan prolongadamente fatuo que puede que tuviera visiones en las que Errol Flynn era su trasunto en la pantalla. Si ese fue su muy improbable sueño, hay que decir que fue su mejor y más rentable acierto. Se enfrentó a gente más bragada y con mejores razones para jugarse la vida. Al fin y al cabo, Custer no dejó de actuar como la mejor baza de quienes buscaban traicionar todos y cada uno de los acuerdos firmados por el Gobierno de Estados Unidos con las Naciones Indias. Los indios a quienes combatía sabían mucho mejor que él de qué iba aquella historia. Sabían, por ejemplo, que aunque lo derrotaran, jamás saldrían ya con bien de una historia que siempre les sería adversa. Llevaban desde 1862 combatiendo el acoso del hombre blanco que excavaba minas, tendía líneas de ferrocarril y buscaba sin cesar nuevos pastos para su ganadería. En 1876, el avance de la columna del general George Crook sobre el poblado de Caballo Loco envalentonó a Custer lo suficiente como para desobedecer unas órdenes que limitaban sus actividades a la exploración y lanzar el Séptimo de Caballería sobre lo que le esperara a la orilla del río Little Big Horn. Suponía ir a la zaga de unas bandas que se retiraban, pero se encontró con 2.500 sioux y cheyennes reunidos bajo el mando de Caballo Loco y Toro Sentado. Custer dividió sus fuerzas en tres columnas para lanzar dos sobre los flancos indios y dirigir a sus 266 soldados al centro del frente enemigo, cuyos guerreros se limitaron a dejarle pasar entre sus filas para rodearlo luego y engullirlo después. Las otras dos unidades, ignorantes de aquel repentino ataque, y atacadas a su vez, no pudieron acudir en ayuda de aquellos soldados tan insensatamente puestos en el seno de una brutal escaramuza que acabó con todos, incluido el alocado de su jefe. Caballo Loco fue capturado y muerto un año más tarde. Toro Sentado huyó a Canadá, pero regresó para vivir en una reserva donde un policía indio le pegó un tiro cuando se puso al frente de una romería que pedía la llegada de un mesías liberador. Quince días después, el 29 de diciembre 1890, el Séptimo de Caballería vengaba la muerte de Custer con la masacre de 200 bravos, mujeres y niños en Wounded Knee. Ya no hubo más guerras indias.