LA ÚLTIMA iniciativa del nacionalismo gallego tiene como protagonista a la literatura funeraria. El BNG entiende que no se escriben en idioma gallego ni las esquelas ni las lápidas. De hecho, sólo una de cada mil sepulturas tiene una inscripción en el idioma propio. En consecuencia, el Bloque Nacionalista promoverá acciones para corregir ese defecto, desde las lápidas a las oraciones fúnebres de los entierros. Teme que los investigadores del futuro, al hurgar en los restos, lleguen a la conclusión de que el idioma gallego no existió en la realidad. Es una preocupación legítima. La propuesta es original. Tan original, que no se nos había ocurrido ni a quienes tenemos el gallego como primer idioma hablado. Este cronista, por ejemplo, no había caído en ese detalle, quizá porque, si el resto del periódico está en castellano, no le sorprende que las esquelas estén en el mismo idioma. Lo mismo ocurre con la radio: la mayoría de los programas se dicen en español -e incluso están hechos desde Madrid- y, por tanto, las esquelas siguen la norma general de la programación. Y en cuanto a las lápidas, la verdad es que ignoro cómo se puede galleguizar un R.I.P. o un D.E.P., que ahí termina toda nuestra literatura escrita en mármol. Eso no impide que la propuesta nacionalista haya tenido un eco impresionante en el resto de España. Sospechoso. La prensa de Madrid, que casi nunca no se ocupa de nuestra tierra, le hizo un generoso hueco. ¿Será inocente? No. El resto de España jamás estuvo preocupada por el lenguaje de las lápidas. Lo que hace el resto de España -y los medios informativos que airean la noticia- es cachondearse. Y algo peor: inscribir la propuesta en esa corriente general de imposición. En este sentido, al gallego le tocaría ahora el papel que ya se atribuyó al catalán: ser una lengua impuesta. En Cataluña, en los establecimientos comerciales. En Galicia, en los cementerios. Ante ello, me permito dos sugerencias desde la distancia. La primera, que se analice por qué los gallegos no usamos el idioma en el mármol de la sepultura. Quizá sea por la misma razón por la que escribimos las cartas familiares en castellano, aunque hablemos el gallego en la conversación oral. Que salga el primer vecino mío de Pol, donde todos somos gallegoparlantes, que haya escrito a su madre en nuestro idioma. Y la segunda, que cuidemos las iniciativas y analicemos las repercusiones externas, que no vivimos aislados del mundo. Si la justificación de la nación gallega está en los suevos, dispónganse ustedes a toda clase de chistes fáciles. Y, si la expansión y consolidación del idioma se basa en los muertos, tampoco nos extrañemos del cachondeo. Construir una nación es una cosa muy seria.