Hubo un tiempo en que la supervivencia del mundo dependía de una llamada telefónica. Eran los años de la guerra fría y se trataba del famoso teléfono rojo. Hoy se cumple el cuarenta y tres aniversario del acuerdo entre Estados Unidos y la Unión Soviética para crearlo.
19 jun 2006 . Actualizado a las 07:00 h.Pero tan sólo cuarenta y tres años después no sólo no existe ya una guerra fría sino que ni siquiera existe la Unión Soviética. Incluso los teléfonos fijos como tales parecen destinados a desaparecer, acosados por las nuevas tecnologías celulares e Internet. Por eso quizá cueste hoy imaginar el grado de paranoia que reinaba en el mundo a principios de los años sesenta y que llevó a crear este primer símbolo de diálogo entre las superpotencias. Aquella paranoia nacía no sólo de la desconfianza del enemigo, también de la posibilidad de un malentendido que desencadenase el apocalipsis nuclear y este peligro se hizo más evidente que nunca en 1962, durante la llamada crisis de los misiles de Cuba. En este pulso entre los dos gigantes, la mala comunicación estuvo más cerca de provocar la catástrofe que la mala fe. El mensaje conciliador de Kruschev tardó 12 horas en ser traducido y entregado al presidente Kennedy mientras que la respuesta de éste tampoco llegó a tiempo. Cuando se supo que las comunicaciones entre la Casa Blanca y el Kremlin habían dependido en los momentos más críticos de un mensajero de la embajada soviética que iba y venía de la compañía de telégrafos en bicicleta, alguien decidió que era hora de crear una línea directa entre los dos rivales nucleares. Se instaló al año siguiente, pero no fue un teléfono. Éste, en realidad, no existió nunca como tal. Inicialmente se trató de un teletipo, precisamente para evitar confusiones debidas a la pronunciación de los mandatarios o una mala interpretación del tono de sus palabras. Pero el sistema se reveló tan lento que tan sólo lograba transmitir una página cada tres minutos. Es por esto que unos años más tarde fue sustituido por un cable submarino y una conexión vía satélite. Para la imaginación popular, sin embargo, reflejada en numerosas películas de Hollywood, el teléfono rojo ha sido siempre un teléfono y, como tal, su éxito fue extraordinario. Por una parte, suponía un elemento tranquilizador en una época de sobresaltos; por otra, había un lado cómico en todo esto, como si se tratase de un gigantesco chiste de Gila, algo que muchos humoristas supieron aprovechar entonces y que culminó en el célebre filme de 1964 de Stanley Kubrick Dr. Strangelove or: How I Learn to Stop Worrying and Love the Bomb, que en España se tituló Teléfono rojo, ¿volamos hacia Moscú? (curiosamente, teléfono rojo es el nombre que se le daba en la URSS, no en Estados Unidos, donde siempre se le ha llamado The Hotline, la línea caliente). Irónicamente, el auténtico teléfono rojo tardó al menos tres años en sonar por primera vez después de la película de Kubrick. Fue el 5 de junio de 1967, cuando el Kremlin quiso saber si Estados Unidos estaba detrás del ataque israelí contra Egipto, Siria y Jordania en la llamada guerra de los Seis Días. El teléfono rojo todavía existe, pero nunca ha estado instalado en la Casa Blanca, sino en el Pentágono, con cuyo mando militar se comunica el presidente de Estados Unidos mediante un sistema de códigos. El estado de la línea se verifica cada hora con un mensaje de prueba y, al parecer, los técnicos tratan de aliviar esta rutina enviándose textos literarios con juegos de palabras difíciles de traducir o recetas de cocina. Si hacía falta alguna prueba más de que la guerra fría ha terminado, quizá no haya otra mejor que esta.