Árboles y gentes

ALFONSO DE LA VEGA

OPINIÓN

LOS ÁRBOLES, o ciertos árboles al menos, guardan una especial significación para el hombre que trasciende su papel meramente natural. Simbolismo, espiritualidad, cultura. Muchas personas buscamos inspiración en árboles sagrados, árboles de la vida e iniciación, aunque todos lo son, pues constituyen uno de sus principales agentes. Así, en el jardín botánico de Padrón, que según don Camilo, el del Premio, «está poblado de ánimas de poetas», aún vemos la «sombra» de Rosalía, su frágil feminidad, sentada en un humilde banquito, al pie del sequoia sempervivens , un majestuoso, longevo y exótico monolito natural de acupuntura de conexión entre lo telúrico y lo celeste que la acompañaba en sus meditaciones sobre la peripecia de su vida, y al que abrazaba cuando sentía lejos a la insensible y atropellada muchachada que la llamaba «a tola». Así la costumbre de plantar un árbol para celebrar el nacimiento de un hijo, de modo que la vida de ambos queda íntimamente ligada. En la solaina del pazo de Trasalba, la casa solariega del patriarca Otero Pedrayo, junto a báquicos pámpanos y el apolíneo laurel, he oído contar a Carlos Rodríguez Dacal un emotivo ejemplo más de la vieja historia de la fraternal amistad de árboles y hombres: los padres de don Ramón plantaron un árbol para celebrar su nacimiento, un verdadero irmanciño vegetal. Soberbio ejemplar de abeto español que acompañará al polígrafo hasta que un vendaval lo descuaje arrojándolo sobre su pazo en febrero de 1972. Don Ramón sobrevivirá a su querido irmanciño cuatro años. El padre Sarmiento también hizo célebres a tres plantas: la higuera de Meco, la carqueixa y la hierba de enamorar de san Andrés de Teixido, a la que llamaba «herba empreñadeyra». Y el padre Feijoo pensaba junto al ciprés de Samos, uno de los árboles vivos más longevos que nos quedan en Galicia. Protegidos por nuestro árbol sagrado, como decían Tip y Coll: la próxima semana hablaremos del gobierno.