La perdición de Francia

EDUARDO CHAMORRO

OPINIÓN

«Yo -se lamentaba Napoleón en Santa Elena- debía haber ganado esa batalla». «La habría ganado -le responde, ciento cincuenta años después, el mariscal Montgomery- si hubiera machacado el ejército de Blücher, y le hubiera impedido su regreso al campo de batalla»

18 jun 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

De pocas batallas se ha escrito tanto como de ésta, librada entre dos titanes, uno recalcitrante e impetuoso, y el otro cauto y espeso. Aquel formado en la dinámica de la Revolución, y éste en las jerarquías del ejército de la India. Ambos habían nacido en 1769, y jamás se habían visto frente a frente hasta aquella cita en Waterloo de la que Wellington saldría para emprender el camino hacia el gobierno de Gran Bretaña entre 1828 y 1830, y Napoleón para hundirse en el destierro de Santa Elena, donde moriría en 1821. Fue la última batalla de aquellos dos hombres, tan colocados hasta entonces en sus respectivas antípodas. Cuando el uno merodeaba las posibilidades de Moscú, el otro recorría la Península Ibérica. Cuando éste llegó a su gloria, aquel estaba en su tumba. La cita en Waterloo contó con la presencia de un tercero, de envergadura no menos legendaria aunque no tan formidable: el comandante en jefe de los prusianos, Gebhard von Blücher, llamado por sus hombres Mariscal Adelante, un gigante de setenta y tres años cuya tremenda fuerza de voluntad se debía a haber sido impregnated por un elefante, tal cual señala Andrew Roberts en el último libro publicado sobre este inagotable asunto: Waterloo. The Battle for a Modern Europe. Que la tropa hablara en tales términos de quien la mandaba no es tan raro. Lo singular es que su jefe de estado mayor, el general Scharnhorst, asegurara que «ni con un centenar de elefantes en las entrañas se habrían visto mermadas sus ansias de combate». Waterloo es una batalla que cuando la desarrollan los aficionados a los war games o los estudiosos de las escuelas de guerra, se resuelve con la victoria de Napoleón, quien la noche del 15 de junio, y mientras Wellington disfrutaba de una fiesta en Bruselas dada por los duques de Richmond, logró colocar a sus hombres como más le gustaba, entre las fuerzas troceadas de sus enemigos para, una vez separadas, flanquearlas con sus líneas y machacarlas con sus columnas. Ese era su modelo de batalla clásico, con el que sabía transformar la habitual inferioridad numérica de sus tropas en una fulminante superioridad concentrada en un punto del combate. Pero para eso necesitaba de unos jefes de ala de los que en Waterloo careció por completo. Sus órdenes se hicieron, por eso, confusas, y sus movimientos, lentos. El mejor de sus viejos generales, Ney, llegó a perder el juicio. Wellington, mientras tanto, supo resolver la fragmentación de sus fuerzas que, concentradas no ofrecieron a Bonaparte la más mínima posibilidad de encontrar un punto débil. Nunca apareció la famosa «nota escrita a lápiz» con la que Napoleón intentó recomponer las fuerzas de Ney. Con sus líneas descompuestas y sus comunicaciones enloquecidas, es difícil suponer que el Emperador llegara a hacerse una idea global del modo en que Wellington acertó a desbaratar todas sus posibilidades. Sí vio con claridad la dispersión de sus fuerzas bajo las cargas de los aliados, y el resultado final de la batalla. Eran las dos de la tarde cuando dijo: «Francia está perdida».