Los miserables

| ROBERTO L. BLANCO VALDÉS |

OPINIÓN

13 jun 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

AUNQUE el lector habrá pensado de inmediato en Víctor Hugo y en su epopeya portentosa, no me refiero a esos miserables, sino a los que, al decir de algún dirigente del PP y del PSC, protagonizan la campaña del referéndum catalán. Vean si no. José Montilla justificó hace dos días los insultos sufridos por Rajoy en una localidad barcelonesa explicando que tales insultos no eran más que la consecuencia del «clamor» que, según él, provoca en tierras catalanas la política «miserable» del Partido Popular. Esas palabras, increíbles en un político que se sienta todos los viernes en el Consejo de Ministros, fueron respondidas de inmediato por Josep Piqué -el mismo Piqué que formó parte también durante años del Consejo de Ministros-, quien aludió, sin ponerse colorado, a «las maneras miserables de hacer política que tiene el PSC». De modo y manera que a esto hemos llegado finalmente: a que dos políticos respetables, que tienen tras de sí el apoyo de cientos de miles de ciudadanos respetables, se insulten entre sí calificando mutuamente de miserables a partidos que han sido votados por millones de electores respetables. Hasta no hace mucho tiempo, el término miserable estaba reservado -justamente reservado- en la política española para echárselo a la cara a quienes justificaban a los pistoleros de ETA militar, e incluso a quienes los votaban a sabiendas de que sus sufragios servirían para defender la inicua causa de los matones aberzales. Pero ya no: ahora cualquiera puede ser, por lo visto, un miserable, porque cualquiera puede ser, y ese es el asunto, un gran traidor. Traidor a España o traidor a Cataluña, pero traidor. Pues bien, hay que decir que ¡ya está bien! Que la democracia no puede funcionar si los adversarios se consideran traidores entre sí y se empeñan en convencer a sus respectivos seguidores de que el otro no defiende legítimamente un proyecto diferente -equivocado y aun disparatado si se quiere- sino un proyecto que supone una traición. Porque el traidor no es, por definición, un adversario, sino un enemigo a destruir. ¿Con esos mimbres piensan Montilla y Piqué que podrá reconstruirse la política catalana tras el inmenso error de la reforma estatutaria? Pues vamos aviados. Nadie debiera tomarse a broma estos excesos. Pues insistir en llamar miserable a un adversario es la mejor forma de que, antes o después, algún grupo de bribones acabe por creer que con él puede hacerse lo que con el miserable Jean Valjean: perseguirlo. Maragall, apoyando a Rajoy, ha puesto justamente el pie en la pared y, por una vez en mucho tiempo, ha sido el más sensato. Justo es reconocerlo.