CUANDO yo era niño, la afición al balompié era una afición noble y decente. Recuerdo que en el campo de fútbol de mi pueblo el marcador era manual, el terreno de juego pura tierra (en invierno, pura lama), y los directivos, unos señores muy sacrificados que transportaban a los jugadores en sus coches por puritito amor al arte. Entonces los pelotazos se daban todos entre la portería del local y la del visitante, y lo más que uno podía ganarse, puestos a ello, eran unos paraguazos. Pero, como ya cantaban don Sebastián y don Hilarión en La verbena de la paloma, «hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad». La de la corrupción, claro, es una ciencia peculiar, que arrasa todo lo que toca, sea el fútbol o la fabricación de gaseosas. Para ejercerla, sólo se precisan dos imprescindibles condiciones: una falta completa de decencia y un afán incontenible de botín. Resulta, así, que siendo uno un mangante y un obseso voraz de los dineros, es posible dedicar al latrocinio todos los esfuerzos que los ciudadanos normales dedicamos a vivir honestamente. Puede suceder en esas circunstancias, por ejemplo, que los directivos de una sociedad deportiva prestigiosa, con miles de socios que están en donde están para apoyar con entusiasmo los colores de su club, decidan actuar como si su alfa y omega (vamos a decirlo de ese modo) no fuera otra que ganar pasta a manos llenas. No es nada nuevo. Ni lo son los golfos, ni lo es la corrupción. Pero resulta, desde luego, descorazonador. Más en estos días, en que todos nos aprestamos a aflojarnos el bolsillo para hacer frente a nuestras obligaciones tributarias, es decir, para pagar a la hacienda de nuestros dolores de cabeza. ¿Saben qué pasaría si no presentasen su declaración correspondiente? ¡Claro que lo saben! Es descorazonador y, digamos la verdad, absolutamente inaceptable. Inaceptable, sí, porque un Estado de derecho eficaz y riguroso debe disponer de los mecanismos necesarios de control público para evitar que puedan montarse operaciones urbanísticas que, de puro simples, resultan increíbles: por ejemplo, la de comprar unos terrenos, presentarse luego a las elecciones y, una vez en el poder, utilizarlo para recalificar dichos terrenos y hacerse con un capitalito. ¿No puede un Estado de derecho, cuya legislación administrativa es incontable, evitar tales escándalos? ¡Claro que puede! De que lo haga con eficacia y rapidez dependerá la confianza en él de quienes pagan a los que se encargan de aplicarla. Sólo así sabrán a qué atenerse los que, hagan lo que hagan, sólo están pendientes de sus peculiares pelotazos: de hacer caja y cantar ¡goooool!