LA ÚLTIMA noticia que llega en torno a posible corrupción o corruptelas en Galicia, alude a que el BNG ha denunciado que los socialistas del Concello de Lugo han hecho cinco contrataciones de personal de carácter electoralista. La operación Muralla, pese al pomposo nombre, no es un muro de contención sino un carril por el que se deslizan acusaciones sin cuento desde que se descubrió la supuesta irregularidad en el feudo de Cacharro. Han sido docenas las denuncias más o menos formales, generalmente políticas y no judiciales las más de las veces, lo que con frecuencia les quita verosimilitud, producidas en toda Galicia, pero especialmente en la provincia de Lugo. Los casos de Marbella, Lugo o Afinsa-Fórum, por no aludir más que a unos pocos de la larga lista reciente, nos pueden llevar a la locura colectiva de ver una corrupción cada vez que algo se mueve. Todos los indicios son de que hay muchísima, pero sin duda menos de la que la fantasía popular supone. Mal asunto éste, porque vivir en un mundo de delatores es poco grato, pero si se trata de delatores sin fundamento, peor todavía. Temo más, sin embargo, al desmadre por otra vía. Me refiero a los partidos animando operaciones de distracción, de despreocupación pública por sus errores, a la vez que de descrédito para el adversario. Tardaremos en saberlo, pero terminaremos por conocer cuántas denuncias de corruptelas o corrupción que hoy se ponen en juego en Galicia no son otra cosa que cortinas de humo, dardos contra el que pone o puede poner en peligro el espacio político en el que está asentado el denunciante. Si a cualquier ciudadano le resulta difícil separar el grano de la paja en este maremagno de denuncias o lanzamiento de bulos sobre la corrupción es porque inicialmente pueden responder a hechos objetivamente ciertos, dado el triste panorama de nuestras administraciones. Nunca se habló tanto de transparencia y de buenas maneras en la Administración y en ningún otro momento lo tuvimos menos claro.