DE SOL A SOL | O |

01 jun 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

EN PLENO éxtasis mediático, se ha ido la más grande de la copla: Rocío Jurado. Decían los enterados que la suya era una muerte anunciada, porque el cáncer de páncreas tiene esa mala prensa, no sé si justificada. Lo cierto es que ayer llegó su hora, la última, con los medios de comunicación pendientes, sin alejarse de la entrada, como si vislumbrasen un final próximo. No pude evitar el recuerdo de las noches de El Pardo en las que me tocó cubrir informativamente la agonía de Franco. Y me sentí muy próximo de esos periodistas, tantas veces criticados -a veces con razón por sus excesos-, que en la fría madrugada de ayer esperaban alguna noticia que llevarse a sus medios. Se llevaron la definitiva. Y los medios de comunicación empezaron a mostrar una España en lágrimas, dolorida y también -como ella era- flamenca, romántica y castiza. Yo nunca fui un fan suyo. La descubrí cuando se casó, en 1976, con mi admirado Pedro Carrasco, un boxeador incomparable que sabía hacer de la necesidad virtud. Después conocí al torero José Ortega Cano, que me dedicó un toro en la plaza de A Coruña por contribuir desde Efe a mejorar la información taurina. Así llegué hasta ella. Y descubrí lo que era: una gran mujer y una gran artista.