Agonía pública

| ERNESTO SÁNCHEZ POMBO |

OPINIÓN

¿HAY algo más íntimo que la agonía? ¿Existe algo más privado que el dolor por la desaparición de un familiar? ¿Hay algo más reservado y personal que el recogimiento ante una muerte inminente? Bueno, pues si no hay nada más personal, más privado y más íntimo, díganselo a quienes se han dedicado en los últimos meses a retransmitirnos en directo la agonía de Rocío Jurado, el desconsuelo de su familia, la angustia de sus amigos y la amargura de sus conocidos. Porque quienes trabajan en medios de comunicación, a los que por mucho que lo intentemos no podemos considerar ni compañeros ni colegas, y que se alimentan de propagar las intimidades amorosas, líos de faldas, bajezas, sufrimientos y achaques de los que ellos dan categoría de famosos, se han pegado unas semanitas a sus anchas. Contándonos al minuto los últimos momentos de la cantante. Y logrando batir todos los récords de lo imaginable sobre la estupidez humana. Y lo han hecho porque los medios para los que trabajan lo promovieron, consintieron y primaron. Los mismos medios que después nos dan unas lecciones bárbaras sobre la ética profesional y las causas que debemos de defender para ser un buen ciudadano. Los mismos medios que cinco minutos más tarde presumen de ser los más respetuosos con el código deontológico. Este país nuestro necesita de profundas reflexiones sobre cuestiones varias. Por ejemplo, se puede hacer un gran debate sobre la falta de escrúpulos. Otro sobre la necedad y la estupidez. Y uno más sobre la podredumbre y la miseria moral de unos indeseables que se dedican a retransmitir en directo la agonía de un ser humano.