«Siempre supe que pertenecía al público y al mundo. No por mi talento o por mi belleza, sino porque jamás pertenecí a nada ni a nadie más». Para Edith Sitwell fue «una mujer de gran dignidad natural, sumamente inteligente, extraordinariamente sensible».
31 may 2006 . Actualizado a las 07:00 h.Nunca necesitó de técnica de seducción alguna. Le bastaba con echarte el aliento o soplarte entre las cejas mientras fruncía los labios. Jean Negulesco, que la dirigió en Cómo casarse con un millonario, aseguraba que «un hombre tendría que estar muerto para que no le gustara Marilyn». Fue una mujer sin ningún miedo al peregrinaje. Nació tan en la leyenda que nunca se supo quién fue su padre, ni lo que llevó a su madre a la locura, ni lo que ocurrió exactamente en los hogares de acogida por los que pasó hasta casarse con un vecino que no soportó que sus colegas del ejército llevaran su fotografía en los petates. Aquel matrimonio duró cuatro años; todo un récord. Joe DiMaggio, un campeón de béisbol con quien también se casó, tampoco soportó el modo en que la miraron los soldados en Corea. El último en intentarlo fue un dramaturgo eminentemente necio, fundamentalmente tosco y ligeramente encanallado, Arthur Miller, tan incapaz como los anteriores a la hora de afrontar el hecho cierto de que la belleza se bastaría a si misma si no fuera por ese capricho de sus pasiones que, de vez de cuando, con algo de suerte, otorga fe de vida a sus prójimos y semejantes. Intentaré decirlo de una manera más inmediata y obvia: nunca hubo mejor manera de subir una escalera que haciéndolo detrás de ella. Y ninguna de las películas que hizo ?desde Bus Stop a The Misfits, de Río sin retorno a Cómo casarse con un millonario, pasando por Con faldas y a lo loco y La tentación vive arriba? sería el mismo espectáculo genial, pletórico y radiante si no estuviera ella dentro. Sonreía como quien nunca tuvo motivo para la risa franca, como lo hacen las damas que ríen poco y de las que nadie puede, sin embargo, decir que les ha visto una lágrima. Andaba como si nunca hubiera tenido un sitio en el que caerse muerta. Y, en realidad, nunca lo tuvo, aunque, si los hombres fuéramos criaturas anfibias, ella habría sido la Dama del Lago. Joshua Logan dijo de ella, tras dirigirla en Bus Stop, que era un misterio insondable, y añadió: «Es la más autentica actriz de cine desde Greta Garbo». Las damas como ella marcan o son los auténticos hitos de la historia, la frontera más concreta entre lo que merece realmente la pena y lo que tan sólo es un sucedáneo o una estupidez. Si lo que se quiere es una prueba de la ineluctable decadencia de los imperios, de las instituciones, de la moral, del aplomo y del glamur, no hay más que comparar el sórdido asunto de Bill Clinton adherido a una muchacha de ropa interior neumática, labio superior peludo y cacha dicharachera, con el suntuoso momento en el que Marilyn Monroe, adornada con un vestido de lamé cosido directamente sobre sus carnes, lanzó su mirada y sus mohines al lugar donde se encontraba John F. Kennedy para felicitarle su cumpleaños. Ni ella ni él cumplirían muchos más. Tampoco el mundo volvería a gozar de una epifanía como aquella en la que un marrullero de Nueva Inglaterra confundió la presidencia de Estados Unidos con Camelot y casi estuvo en lo cierto.