El estado de la ilusión

| ROBERTO L. BLANCO VALDÉS |

OPINIÓN

EL PRESIDENTE del Gobierno intentó ayer cambiar de tercio. De hecho, su discurso matinal presentando el que, a su juicio, es el estado que atraviesa la nación, fue casi como una operación de ilusionismo. Y ello no por el tono autocomplaciente que recorrió de principio a fin su intervención, lo que siempre debe darse por supuesto en estos casos, sino por la sorprendente casi ausencia en sus palabras de los dos temas -el terrorismo y la cuestión territorial- que concentran desde hace meses la agenda política española. Verán que no exagero. De un discurso que duró en torno a una hora y cuarto, Zapatero dedicó tres minutos a hablar de las reformas autonómicas, y menos de uno, sobre la futura negociación con los etarras. «He querido hablar de la España real», dijo el presidente al final de su plúmbea exposición, adelantándose a aportar así una justificación que nadie le había pedido todavía. Cuando Mariano Rajoy tomó la palabra, a las cuatro de la tarde, pudimos comprobar inmediatamente que no iban a ir por ahí los tiros del debate. El líder del PP apartó con dos capotazos la cuestión del alto el fuego y de sus futuras consecuencias, confirmando así el pacto previo entre el PSOE y el PP para no debatir ayer sobre el primer asunto de la política española. Y lanzó, después, como un obús, la acusación sobre la que giraría todo su discurso: «El Gobierno no tiene proyecto, improvisa, vive al día y dice hoy una cosa y mañana, la contraria». Con las ganas de gresca que a todas luces le habían faltado previamente a Zapatero, Rajoy no dejó de hacer también su gran operación de ilusionismo: las rosas que por la mañana el presidente del Gobierno había metido en la chistera las sacaba por la tarde en forma de cardos el líder del PP, para quien casi todo va muy mal... salvo lo poco que va bien -la economía-, que es fruto, según Rajoy, de la gran herencia recibida. Zapatero se vio forzado, de ese modo, a entrarle al trapo a su adversario, y lo que en su primer discurso matinal se había escapado por la puerta de sus sonorosísimos silencios, entró de nuevo por la ventana de un discurso tan manido como aquél al que pretendía contestar: «Usted no tiene ni idea de lo que es realmente España», llegó a decirle a Rajoy el presidente. Al final, tras oír las respectivas réplicas y dúplicas, he de confesarles que me quedé con una desasosegante sensación: la de que si la distancia política entre los votantes del PSOE y del PP fuera la misma que mostraron Rajoy y Zapatero en el Congreso, sería difícil vivir en la nación sobre la que ayer se debatió. Aunque puede que esto no sea más que otra ilusión.