Lo que hay que oír

| ERNESTO S. POMBO |

OPINIÓN

DA GUSTO pasearse estos días por Lugo. Te enteras de cosas que nunca pudiste imaginar. Por ejemplo, que todo el mundo sabía lo que estaba ocurriendo en la Diputación, si es que ocurrió algo, y que ahora ha levantado y sacado a la luz el fiscal Izaguirre. Todos sabían que allí no se cosechaba trigo limpio. Los propios trabajadores, sus familiares, los amigos de los diputados, los militantes populares, los de la oposición y, por supuesto, los jubilados y pensionistas, que en esa ciudad son mayoría y que, como en todas las ciudades, son los que mejor manejan el cotilleo político. Lo de la Diputación lucense era, según parece, un secreto a voces. El que más y el que menos estaba al corriente de los delitos que se cometieron, si es que se cometieron. Se los saben y te los recitan de carretilla. Y además dicen, totalmente convencidos, que ya está bien de tratos de favor, de sumisión y de ordeno y mando. Que esos tiempos ya han pasado y que esas actitudes resultan inaceptables, en pleno siglo XXI. Así que ahora nos enteramos de que lo que ocurría en la Diputación lucense era de dominio general. Pero nadie le puso remedio. Y eso que tuvieron 23 años para hacerlo. Porque esa forma de entender el servicio público en Lugo no se impuso por un asalto al poder, por un golpe de fuerza o por un pucherazo electoral. Ese régimen se impuso desde las urnas y con el favor de decenas de miles de ciudadanos que, una y otra vez, lo renovaron y respaldaron. Por eso resulta tan divertido ver cómo los mismos que ahora alardean de que sabían lo que todo el mundo sabía, y que se colocan en la acera de enfrente diciendo que ya era hora que alguien hiciese algo, son casi todos los que promovieron, alimentaron, jalearon y se beneficiaron de un régimen que ahora detestan y quieren ver derrocado. Lo que hay que oír.