MIENTRAS discutimos sobre estatutos o intenciones de Batasuna; mientras nos ocupamos de los altos problemas de entendimiento político; mientras la clase dirigente se entretiene en tácticas de partido, otra realidad está quitando el sueño a una parte de España: la inseguridad ciudadana. La relación de sucesos de los últimos días sólo merece un nombre: crónica del miedo. Hasta ahora parecía estar centrada en las ciudades. La novedad es que está llegando a pueblos, urbanizaciones y casas aisladas, donde el asalto es más fácil, la vigilancia policial más difícil, y los atracadores pueden actuar de forma concienzuda, tranquila, impune y cruel. Las escenas más terroríficas de estos días se han vivido en Cataluña. En localidades como Calafell, todas las casas han sido asaltadas. Se publican noticias de cuatro, seis, diez atracos en una sola noche. Y siempre ocurre lo mismo: los ladrones entran en las casas mientras los dueños duermen, los encañonan, los maltratan, los martirizan, para llevarse joyas y dinero. A veces, tan poco dinero que no compensa. Pero basta que no encuentren una cantidad razonable para que torturen más al atracado. Cuando la víctima acude a la Policía a presentar denuncia, puede encontrar la respuesta que una dolida protagonista le contaba ayer a Carlos Herrera en Onda Cero: «Eso no es nada, señora, comparado con lo que va a venir». ¿Qué vendrá? Mirad los resultados de las actuaciones policiales el año pasado. Los datos son del presidente del Gobierno: 290 bandas desarticuladas, y 3.925 delincuentes detenidos. Esto no es un pequeño grupo de ladrones. Esto es un auténtico ejército. Y asustémonos: quizá sea sólo una pequeña parte de la delincuencia organizada que funciona en este país. Si pensamos la cantidad de robos que se producen en todo el territorio nacional, más la nueva modalidad del secuestro exprés , otros miles de atracadores siguen actuando en las noches y los días de España. Dijo ayer Zapatero que el Gobierno es consciente de la situación de alarma. Anunció la creación del Centro de Inteligencia contra el crimen organizado. Se van a mandar a Cataluña más guardias civiles. Supongo que esto resolverá algo. Pero sépase que estamos ante una emergencia. Quizá haya llegado el momento de revisar la política de libre circulación de personas por las fronteras; de invertir mucho dinero en control de aduanas, carreteras y puertos; de perfeccionar la investigación para que delincuentes internacionales, armados y preparados, no circulen por Europa como ciudadanos de bien. Un país no puede vivir en el miedo. No puede dormir aterrorizado. Algo grave está pasando cuando la libertad empieza a convertirse en enemiga de la seguridad.