A TORRE VIXÍA
24 may 2006 . Actualizado a las 07:00 h.EL MAYOR problema de Europa es la inmigración. Lo que más le gusta a los gobiernos es que situemos el terrorismo en el top de nuestros miedos. Pero si no comulgamos con ruedas de molino, y si llamamos a cada cosa por su nombre, no cabe ignorar que la inmigración va mucho más allá de los millones de extranjeros que, después de humillantes odiseas, lograron asiento entre nosotros, y que en su compleja y diversa problemática esconde realidades de muy trágica factura. Porque la inmigración está directa o indirectamente relacionada con los cientos de subsaharianos que se ahogan cada año en el mar que los separa del pan y la libertad, con el millón de prostitutas que malviven en nuestras calles y burdeles, con las mafias organizadas que asaltan nuestras casas y empresas y ajustan sus cuentas en nuestras calles, con los miles de presos que se amontonan en nuestras prisiones por pequeños delitos derivados de su situación de marginalidad, y con todos los desarraigados que encuentran entre nosotros un ambiente tan hostil como deseado. También es verdad que nadie sabe cómo resolver este asunto, que falta voluntad e inteligencia para atajar el problema en su origen, y que no hay políticas de legalización y contención que puedan frenar este ejército de mendicantes que ingresan -por tierra, mar y aire- en nuestras opulentas sociedades. Por eso hay que reconocer que, aunque la política de extranjería de Zapatero fue más humana que la de Aznar, los resultados no podían ser ni peores ni más desesperantes, y que a nadie le sorprende ya la aparición de grandes sectores sociales que añoran la política de mano dura. Todos sabemos que Europa no tiene más salidas que una política común de inmigración. Pero la UE está en crisis, y todo apunta a que los europeos vamos a marrar en el diagnóstico de este peliagudo problema y a dejarnos arrastrar como idiotas al minifundismo policial y político que amenaza nuestro proyecto común. El anuncio de que toda Europa enviará sus aviones y barcos a Canarias es quizá la peor de las noticias posibles, en la medida en que viene a demostrar que sólo somos capaces de unirnos para realizar políticas regresivas y fracasadas de antemano. Lleva razón Ángela Merkel al decir que tenemos urgente necesidad de un poder y una Constitución europea. Pero aquí nadie quiere hablar de eso, porque toda España está ensimismada en problemas artificiales y en debates bizantinos propios de nuevos ricos. Y eso no presagia más que tiempos difíciles. Porque los españoles empezamos a tener problemas graves que ni nacen ni se gobiernan aquí. Y entre ellos está, en expresión metafórica, la marabunta de cayucos que ansían nuestras fronteras.