Un Sócrates insatisfecho

DOMINGO BELLO JANEIRO

OPINIÓN

OCURRIÓ EL 20 DE MAYO DE 1806 El intelecto privilegiado de Mill fue el fruto de una educación perfectamente diseñada por su progenitor para crear un genio que continuase la labor de Bentham, el padre del utilitarismo. Pero terminó por rebelarse y tomar su propio camino, quizás por el bien de su salud mental.

19 may 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

n Hoy se cumplen doscientos años del nacimiento en Pentonville (Londres) de John Stuart Mill, eminente filósofo ?autor de Sistema de lógica inductiva y deductiva? e insigne representante de la escuela económica clásica ?con su obra Principios de Economía Política?. Tras su boda con Harriet Taylor, después de 21 años de relaciones, fue también un firme defensor de los derechos de las mujeres, y llegó a proponer en el Parlamento británico el sufragio femenino. Su vida tiene sombras, como su educación ?dirigida por su padre, sin asistir a un colegio o a una universidad, comenzó con el aprendizaje del griego a los tres años y acabó en una seria depresión a los veinte?, o su enamoramiento de una señora casada, con la que no pudo contraer matrimonio hasta que ella enviudó, y su relación con su madre, con la que no congeniaba y que no es mencionada ni una sola vez en su Autobiografía. Pero tiene muchas luces también. Para Mill toda persona debería ser libre para poder llevar a cabo las actividades que quiera en la medida en que no causen daño a los demás, y el Gobierno debe facilitarlas. Se mostró partidario de la práctica total libertad de expresión, que sólo debería limitarse cuando produzca un daño directo, por lo que consideraba que «el genio sólo puede respirar libremente en una atmósfera de libertad». Razonaba que nadie podría estar seguro nunca de que una opinión silenciada no contenga una parte de verdad y que las manifestaciones falsas tienen valor en la medida en que a través de su refutación aumenta la confianza de los partidarios de las veraces, y añadía que sin dicha necesidad de defensa de las creencias propias llegaríamos a olvidar su razón justificativa. Defendía también el pragmatismo propio del utilitarismo, que había propuesto su padrino Jeremy Bentham, en cuya virtud las acciones son buenas en función de la felicidad que producen, y son superiores los placeres del espíritu, morales e intelectuales, a los simplemente físicos («es preferible ser un Sócrates insatisfecho que un cerdo satisfecho»), tras todo lo cual concluye que «si te preguntas si eres feliz dejarás de serlo». Para Mill lo que distingue al hombre del resto de la naturaleza no es ni su pensamiento racional ni su dominio sobre la misma, sino la libertad de escoger y de experimentar, entendiendo por libertad «una condición en la que no se impida a los hombres escoger el objeto y el modo de su culto». Es esto lo que hace que una sociedad pueda ser llamada propiamente humana, como razona Isaiah Berlin, que concluye que «la realización de este ideal era para Mill más precioso que la vida misma». Toda una enseñanza, en fin, en estos tiempos de cinismo moral.