SI LOS DESAFÍOS que tienen por delante las letras gallegas fueran sólo los asociados a los errores del día de sus letras, todo iría viento en popa. Porque, al fin y al cabo, los mayores problemas que presenta la fecha de celebración de nuestra literatura escrita en la lengua de Pondal no son otros que los derivados de la equivocada decisión de haber convertido en no laborable y no lectivo el día en que conmemoramos la aparición de Cantares Gallegos, el gran poemario rosaliano. Intentar así, con las librerías cerradas y sin clases, que los jóvenes gallegos dediquen ese día del año su atención a una figura sobresaliente de nuestra literatura en lengua autóctona es poco menos que una hazaña. Si hace bueno, el 17 de mayo pasa a ser jornada de playa o de montaña; y, si hace malo, día de tele, de videoconsola o de deberes. Bastaría, por tanto, con convertir en día de escuela y de trabajo el que ahora no lo es para solucionar esos problemas... aunque no, claro, para hacer frente a los desafíos de la literatura y, más en general, de las letras escritas en gallego. Algunos de esos desafíos los comparte el gallego, por supuesto, con el castellano, el francés o el alemán: los libros compiten mal -cada vez peor, al parecer- con los medios audiovisuales; y la buena literatura compite mal -cada peor, sin duda alguna- con la subliteratura o con la pura bazofia que se nos vende tantas veces como literatura de verdad. Otros desafíos son, sin embargo, propios de nuestras letras en gallego: entre ellos destaca el que supone para éstas competir con una lengua de tradición literaria excepcional, el castellano, cuyos clásicos lo son, en realidad, de la literatura universal. Y es que tras la eclosión de la época medieval, el gallego desaparecerá, de hecho, como lengua literaria hasta la recuperación del Rexurdimento a finales del siglo XIX. Eso explica, entre otras cosas, que mientras muchos de los grandes autores de las letras en lengua castellana (los que obtienen el Cervantes, por ejemplo) son autores vivos en todos los sentidos, cuyos libros suelen encontrarse en los anaqueles de las grandes librerías españolas, los que venimos desde hace años homenajeando tal día como hoy sean mayoritariamente autores muertos, también en todos los sentidos, cuya obra, inencontrable tantas veces, en pocos casos forma parte del mundo cultural de los lectores gallegos que leen en lengua gallega habitualmente. Ese es en el fondo, si hemos de ser sinceros de verdad, el gran problema de nuestro 17 de mayo: que ese día celebramos, casi siempre, a autores que hacen patria pero que hacen pocos aficionados a las letras.