LUIS SUÁREZ jugó toda la década de los 60 en el Inter de Milán. Con el genio gallego, el Inter encadenó tres Ligas y dos Copas de Europa. Tras dejar el equipo, disputó todavía dos temporadas más en la Sampdoria. Pero por supuesto, el Inter nunca le guardó rencor, ni olvidó sus servicios. Suárez retornó al club como entrenador, y aunque no cuajó, siempre se le mantuvo en su órbita. Todavía hoy, con 71 años, forma parte de la secretaría técnica. Los clubes con empaque saben que tienen una deuda con sus mitos, pues cultivarlos prestigia a la sociedad. Pero hay sociedades donde brillar en la cancha sólo garantiza el oprobio. Si un jugador o un entrenador del Deportivo se gana a la grada (caso de Arsenio, Bebeto, Djukic, Donato, Makaay, Mauro, Fran...) se produce un efecto secundario: la directiva se difumina, y cuando existen personalidades cesaristas no agrada compartir protagonismo. ¿Solución? El conflicto constante y hasta la maledicencia. La directiva actual ha polemizado y pleiteado con jugadores, clubes, entrenadores, televisiones, prensa, radio... hasta se entabló un litigio surrealista con la UEFA y otro no menos pintoresco para repetir el partido del penalti de Djukic. Ni siquiera los más onerosos apoyos económicos son un antídoto contra inquina. El Ayuntamiento de A Coruña le cede Riazor y sus bajos a la actual sociedad anónima. Además, a comienzos de los 90, se gastó 1.500 millones de pesetas de todos los vecinos en ampliar las gradas (que por desgracia no se llenan casi nunca). También ha dado por buena la concesión a su presidente de un privilegiado local hostelero a pie de playa, por el que suspiraría cualquier empresario, y le ha otorgado su medalla de oro al club ¿La respuesta? ¡El Ayuntamiento persigue al Deportivo! ¿Resultado de la bronca como método de trabajo? Se pierden simpatías y prestigio, y se da una imagen de mezquindad que aflige a los seguidores leales. Se hace cuesta arriba fichar por una empresa que debe unos 25.000 millones de pesetas, donde sabes que tarde o temprano te van a vilipendiar y donde se toman las decisiones cruciales en restaurantes y en horario de discoteca (de todo ello se derivan algunas claves del extraño requiebro de Caparrós). El Deportivo está cumpliendo su centenario. Su afición no ha visto aún ni un acto para celebrarlo. Tampoco hay noticias de cómo se salvará la espada de Damocles económica, o de qué plantilla se quiere y cómo se va a sufragar. Entre bronca y bronca, va calando un ambiente de fin de ciclo. El preocupante despoblamiento de la grada sugiere a muchos aficionados que vendrían bien los relevos naturales en estos casos, a fin de intentar recuperar ilusión y fair play. Atornillarse en el cargo es contradictorio con los aires de regeneración que están purificando el deporte y el mundo de los negocios. La ley y las auditorías están dejando de ser papel mojado (véase el final de la escapada filatélica). Ni siquiera un magnate del ladrillo con los contactos e influencias de Florentino Pérez ha podido mantenerse cuando los socios detectaron que su gestión era ineficiente. Claro que mientras que en algunos clubes son los plutócratas quienes pugnan por la presidencia, en otros es una presidencia profesional la que convierte en plutócrata a quien entró con un patrimonio ordinario.