Si hubiera nacido en Barcelona o Bilbao ya se le habría reconocido como uno de los artífices del despertar democrático en España. Sin embargo, vino al mundo en Santiago. Es un perfecto desconocido a nivel nacional y en Galicia se le colgó el sambenito de cacique.
11 may 2006 . Actualizado a las 07:00 h.Existe una maldición que persigue más allá de su vida a los políticos gallegos que dejaron huella propia en el ruedo ibérico. La historiografía española los despacha como a personajes menores y la gallega se desentiende de ellos en la medida en que no sean asimilables a la tradición galleguista. La consecuencia es un exilio póstumo; el destierro de la memoria colectiva. Están ahí porque no se los puede borrar, pero desdibujados y en sombra, esperando a que se los valore justamente. En el caso de Montero Ríos, fallecido tal día como hoy hace 92 años, la empresa de recuperarlo no puede diferirse más. No sólo por respeto a las numerosas contribuciones perecederas que hizo a la sociedad en que vivió, sino porque es posible extraer de ellas valores intemporales con perfecta vigencia hoy: un fervor por las reformas y la ampliación de las libertades que hacen de él un contemporáneo. La entrada de Montero Ríos en la vida pública es tardía, pero, cuando se produce, deslumbra. Su cercanía a Prim le otorga un papel relevante en la redacción de la Constitución del sexenio liberal, que se beneficia de ello en la nitidez con que separa Estado e Iglesia. Y tanto como subsecretario en el ministerio de Gracia y Justicia, cuanto como responsable de esta cartera, hace valer su cualificación jurídica en la redacción de leyes como la del poder judicial, el código penal o o el matrimonio civil que suponen una auténtica «revolución» para su época. Su amistad con el rey Amadeo de Saboya, que apadrinó junto con la reina a una de sus hijas, lo aboca a un ostracismo voluntario de siete años durante el cual declina reiteradas ofertas para desempeñar ministerios, se refugia en la Universidad y en su bufete. En esta fase de su vida, tiene lugar la denominada «segunda cuestión universitaria», que lo lleva a renunciar a la cátedra en solidaridad con otros profesores perseguidos desde el Ejecutivo. Pero, sobre todo, participa en el nacimiento de la Institución Libre de Enseñanza, de la que fue decano de Derecho y segundo rector. Las invitaciones que le hace Sagasta mientras reina Alfonso XII para entrar en el Gobierno caen en saco roto, pero no sucede lo mismo tras la muerte de éste, durante la regencia de María Cristina. Se hace cargo de Fomento y desde allí emprende una carrera reformista en la que sobresale el impulso decisivo que brinda a la creación de las cámaras de comercio. Aún lo esperaba, tras presidir el Partido Liberal y presidir brevemente el gabinete, una desagradable tarea cuando ya estaba jubilado al frente del Senado: firmar con los Estados Unidos el tratado de París que supuso la pérdida de Cuba y Filipinas tras el desastre de 1898. El «cuco de Lourizán», bautizado así por la mansión que construyó sobre la ría de Pontevedra, no se desentendió de Galicia. Por el contrario, su insistencia en sacar adelante una ley para redimir los foros o sus intervenciones en el Congreso para sortear los obstáculos que ralentizaban la construcción del ferrocarril obligan a redescubrir su aportación al proceso de modernización que emprendió Galicia entonces y que aún está sin terminar hoy.