Aunque al comienzo de la protesta el Partido Comunista Francés era muy crítico con el movimiento de mayo del 68, apenas una semana después de la detención de los líderes estudiantiles decidió conceder su apoyo a los universitarios para intentar canalizar la revuelta.
08 may 2006 . Actualizado a las 07:00 h.El desencanto vino después. Pero en aquel mayo se vivió la ilusión de que la vida y el mundo podían cambiar (a mejor y para siempre). Había empezado la primavera de 1968 y una pequeña huelga contra la guerra de Vietnam en la universidad de Nanterre prendió la mecha de una serie de paros que muy pronto salpicaron el mapa estudiantil y universitario francés. El Partido Comunista (PCF) se apresuró a atacar a aquellos «hijos de la gran burguesía, que pronto se cansarán de protestar para heredar los negocios de papá». Su ceguera fue tan grande como la brutalidad del Gobierno gaullista al desencadenar una dura represión policial. La detención el 3 de mayo de líderes estudiantiles de Nanterre (Daniel Cohn-Bendit entre ellos) extendió las protestas a todo el país. El día 6 (el lunes sangriento), la policía cargó con saña y los estudiantes respondieron con barricadas de coches y adoquines contra escaparates y fuerzas del orden público. Las cifras oficiales ofrecieron un balance de 422 arrestos y 345 policías heridos. Lo que da una idea de la violencia. El día 7, una gran manifestación anegó las principales calles, con banderas rojinegras ondeando en el Arco de Triunfo. Todos empezaron a tomar conciencia de que no estaban ante una escaramuza insignificante sino ante una revuelta que podía llevarse por delante el orden establecido. Los propios líderes del PCF cambiaron de actitud, sobre todo al ver que los trabajadores seguían el ejemplo de los estudiantes. París se cubrió de pintadas legendarias: «Prohibido prohibir», «Seamos realistas, pidamos lo imposible», «La imaginación al poder», «El aburrimiento es contrarrevolucionario», «No le pongas parches, la estructura está podrida», etcétera. Una lo resumía todo: «No pagaremos más plazos, no hipotecaremos nuestras vidas». Hoy nadie duda que esa generación es la que ha pagado más letras en la historia de la humanidad. Lo que acredita su fracaso como revolución política, pero quizá también su éxito como revolución cultural. Hoy se cumplen 38 años de una fecha clave de aquel mayo. Tras decidirlo el día anterior, el 9 los líderes comunistas comparecieron en las reuniones estudiantiles, para ayudarles y, de paso, canalizar una protesta que amenazaba con desbordarlos. El 10 la policía tomó Nanterre y los estudiantes (treinta mil) se retiraron hacia La Sorbona. Las calles eran un campo de batalla, pero el pueblo cada vez estaba más del lado de estudiantes y trabajadores y en contra del Gobierno. El lema estudiantil «Todo es posible» parecía posible. Y lo fue durante unos días más, con una huelga de nueve millones de trabajadores el 13, a la que se sumaron los profesores el 22 y muchos agricultores el 24. Este mismo día fue asaltada e incendiada la emblemática Bolsa de París. ¿Qué pasó para que un mes después todo se viniese abajo y en las siguientes elecciones el denostado De Gaulle obtuviese el 60% de los votos? Es objeto de muchos debates. Lo cierto es que a finales de junio las manifestaciones fueron prohibidas, con la anuencia del PCF. Y la protesta se desinfló, cumpliéndose así otra de las pintadas de aquel mayo: «Los que hacen las revoluciones a medias no hacen más que cavar sus propias tumbas». Pero esto sí: las pintadas triunfaron, y la dimensión cultural de la protesta, también. Sin duda.