ALGUIEN hizo hace tiempo votos de sacar la identidad de quicio, y los lodos de aquel polvo no terminan de asentarse, sobre todo en el terreno de la lengua, extraña disciplina cuyos especialistas consideran que se inventó no tanto para decir como para callar. Y, así, los catalanes jamás admitiremos que el catalán lo inventó Ausias March en Játiva, los vascos rechazaremos siempre que la lengua es más invención que instinto, los gallegos no dejaremos de ruborizarnos ante la idea de tener una lengua más allá de Portugal, y los castellanos jamás sabremos decir a qué ojo llevaremos el paño de tanta lágrima. En cuanto a la propia y más estricta sensación de cada cual, yo he de reconocer que hay días en que me siento del Valle de Arán y me lo digo en bable, si bien hay otros en que me siento y me lo digo en viceversa. Son sensaciones sujetas a la confusión de los cambios repentinos y de las opiniones sin demasiado fundamento. Los fósiles de nuestros antepasados en Atapuerca tenían 300.000 años hasta antes de ayer. Un geocronólogo los ha estudiado de nuevo, y sus conclusiones doblan la apuesta. Resulta que llevamos por estos andurriales 300.000 años más de los que suponíamos. Son cifras que se hacen fatigosas al doblar también, con ellas, el origen del lenguaje y de todos sus fundamentos. Sin perder de vista la hipótesis de que el hombre de Atapuerca no hablara, de que fuera un incapacitado para la locución (que diríamos ahora) por más que sus semejantes le incitaran a largar, a sincerarse. El estímulo al parloteo está en la clave del origen y desarrollo del lenguaje, a menos que estemos hablando por hablar, es decir, escribiendo por escribir. Está bastante claro que uno no habla si no tiene con quien, o sí lo tiene pero carece de un lenguaje con el que identificar las cosas que se digan o que se fueran a decir, mejor dicho. Esa necesidad de prójimo complica las cosas en lo contemporáneo tanto como las complica lo de Atapuerca en lo antiguo. Y nada más contemporáneo que el Ejército español, en el que un brigada declara tener a su mando a «argentinos, bolivianos, ecuatorianos, peruanos, venezolanos y colombianos. De los 15 que tengo, sólo dos son españoles. Hablan un castellano distinto y hay que estar preguntando: ¿Cómo se dice esto en Colombia?». Extraña identidad que viene del otro lado del mar.