07 may 2006 . Actualizado a las 07:00 h.
CEGADOS por la belleza del mar, desafían las escarpas y se descuelgan por cantiles imposibles. La paz rítmica y sonora de las olas los llama, y acuden al eco de las espumas en ese punto donde los roquedos levantan la falsilla al océano. Es, tal vez, el aire salado y húmedo que exhala la brisa el origen del magnetismo de la costa. El embrujo glauco del mar, el misterio de lo que oculta bajo su inquieto brillo, la sucesión panteísta de contraluces y espeluncas, la musicalidad mineral de los amaneceres tejen la tentación. Y los pescadores, como las avelaíñas al calor de las bujías, atienden la voz. Algunos para no volver, como José Pérez Costas, amigo del alma, compañero.