No hay revolución, ni se la espera

| FERNANDO ÓNEGA |

OPINIÓN

AL MOVIMIENTO sindical le va más la gresca que la bonanza. Cuando hay tensión, sus celebraciones de Primero de Mayo son sonoras; la expectación ante los discursos, visible, y los currantes se animan a participar. Cuando esto es una balsa de aceite, la celebración casi no tiene más noticia que una crónica de sociedad. Si habrá sido pacífica este año, que hasta fue bien recibido José Blanco, mandamás del partido gobernante. Nadie llama a movilizarse, los discursos son más moderados que los que diría cualquier político del poder o la oposición, y los miles de asistentes se pueden clasificar en tres: los que no tienen mejor alternativa, los sobrantes de las escapadas del puente y los sindicalistas de verdad, que no faltarían aunque cayesen chuzos de punta. El sabor que todos ellos dejan es que ya no hay revolución social en España, ni se la espera. Hay revolución territorial, y en torno a ella se concentran todas las ilusiones y descontentos. En el ámbito laboral, no. El paro ha vuelto a superar el nueve por ciento, pero ayer no se notó: el problema de este país no es encontrar un empleo, sino un empleo estable y de calidad. La gasolina y el gasóleo alcanzan precios de infarto, pero las mayores manifestaciones se han visto en las autopistas, con enormes caravanas y atascos, propios de un petróleo barato. La inflación está resquebrajando la capacidad adquisitiva del asalariado, pero los sindicatos parecen aceptarlo con resignación o con la ilusión de que es un mal pasajero. Y en las encuestas del CIS el problema de la inmigración se pone por delante del terrorismo, pero no hubo referencias en los discursos de los líderes sindicales. Hay cosas que un dirigente sindical -y por tanto de izquierdas- no debe decir ni recoger en público. Ése fue el panorama visible del Primero de Mayo del 2006, con sólo dos añadidos: el drama de la siniestralidad laboral, con mil muertes cada año, y la inquietud de los Fidalgo y los Méndez de turno, que es la misma que sentimos el resto de los ciudadanos: que se consolide el final de la banda terrorista ETA. El resto aparecía filtrado por el clima de pacto imperante y por esa reforma laboral de aprobación inmediata, a cuyo éxito confiamos el destino de nuestros hijos de los sueldos precarios y el empleo volátil. Conclusiones de la pacífica jornada: hay paz social, a pesar de los inconvenientes. Los sindicatos quizá no sean dóciles (que se lo pregunten a Carmen Caffarel), pero sí tranquilos. Estamos en el período de sosiego laboral, con permiso del petróleo, más visible de los últimos treinta años. Para escuchar la palabra revolución hay que oír al trío Castro-Morales-Chávez. Ánimo, especuladores: podéis seguir especulando.