LA INTERSINDICAL francesa, que ha tumbado la Ley del Primer Empleo (LPE) de Villepin con el consentimiento del apocado presidente Chirac, ha reafirmado que permanecerá «vigilante», por si al Gobierno se le ocurre otra propuesta en la misma dirección. Su posición, en este sentido, no puede ser más regresiva ni más peligrosa para Francia. Porque no sólo no proponen nada para mejorar la situación, sino que estarán en contra de todo lo que surja desde el Gobierno con alguna vocación de cambiar el marco laboral. Su actitud negociadora es, pues, nula. La gran contradicción de los sindicatos franceses es que son conscientes de la necesidad de cambios sociolaborales -y así lo admiten públicamente-, pero cuando se encuentran ante uno, aunque sea tan tímido como el cambio que introducía la LPE, se asustan y se dejan llevar por la tentación pseudorrevolucionaria de tumbarlo. Ante cada opción de incorporar modificaciones en el marco laboral, la intersindical francesa responde con un pulso al Gobierno, segura de que arrastrará tras de sí a todos los que temen perder algún privilegio. Y triunfan, claro, porque son muchos los franceses que temen (ciegamente) los mismos cambios que consideran necesarios. Así atemorizan a Chirac y al Gobierno y echan abajo todo intento de remediar mínimamente la situación. Es lo malo de los sindicatos galos. Han reducido su mensaje a un «Virgencita, Virgencita, que me quede como estoy», sin otro objetivo ni horizonte. ¿Hasta cuándo seguirán así? Sin duda, mientras puedan. Pero no es previsible que puedan mucho tiempo más. Francia necesita cambios profundos en su política social, para que ésta no acabe siendo una de las menos sociales y más discriminatorias de la Unión Europea. Privilegiados y excluidos tienen que encontrarse en un gran pacto por el empleo, y la intersindical lo sabe. Y porque lo sabe, debiera tomar la iniciativa y no seguir en un tancredismo reductor. Cabe esperar algo más de unos sindicatos que han demostrado su poder en la calle. Cabe pedirles al menos que se sacudan su ceguera por el bien de todos aquellos a los que representan. Para no ser unos trágicos flautistas de Hamelin.