EN ESPAÑA un presidente de banco está en la cárcel, otro tiene posibilidades de conocerla y un tercero va zafándose de sus varios pasos por los juzgados. Es decir: el control judicial funciona y alcanza hasta las más altas esferas financieras. En el mercado existe seguridad jurídica y a pesar de ciertas lagunas y muchas Marbellas, se ha armado un Estado fiable para hacer negocios e invertir. Sin embargo, hasta hace muy poco, se toleraba un territorio ácrata y chapucero: el deporte. Allí, la estricta Hacienda se convertía en dadivosa oenegé; las auditorías eran una pantomima; los estatutos sociales, una hoja volandera y alegal. Los procesos electorales eran turbios (si existían), los mandatos tendían a perpetuos y a veces existía una frontera difusa entre la caja de la sociedad y el bolsillo privado del gestor perenne. La insólita tolerancia hacia el deporte se debía a que nació como un juego. Los clubes de primera mitad del siglo XX podían entenderse como meras asociaciones de amigos, atraídos por un nuevo pasatiempo. Pero hoy, cuando las entidades más punteras del fútbol rondan los 300 millones de presupuesto, estamos ante empresas del máximo nivel. La profesionalización y la ley van estrechando también el cerco a otras disciplinas deportivas. Así, por ejemplo, ya no se tolera ni se entiende que la dirección de un club de golf gallego con más de dos mil socios y varios millones de presupuesto se salte exigencias fijadas por la Lei do Deporte de Galicia de 1997 o carezca de comité de competición. En 1991 hubo un Plan de Saneamiento para salvar al fútbol. En 1999 el Atlético de Madrid fue intervenido por consagrar el dinero negro como modus operandi . Entre 1996 y 1999, Hacienda hizo una inspección en Primera División y reclamó a los clubes 35.000 millones de pesetas. Se hizo la vista gorda y se dejó que se tapasen algunos hoyos con pelotazos inmobiliarios, admitidos con fórceps por ayuntamientos afines (Pérez y la Ciudad Deportiva del Madrid). Pero hoy surgen otros horizontes ante el gestor torpe o felón: la calle y hasta la vía penal. En el deporte comienza a cumplirse la máxima de Lincoln: «Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo, puedes engañar a algunos todo el tiempo, pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo». Las marchas forzadas de Florentino Pérez y Fernando Martín; los encausamientos de directivos del COI por corrupción o el adiós inminente de algunos de los presidentes más enrocados y torticeros del deporte gallego prueban que no se puede resistir de por vida contra el sentido común de las aficiones y los socios. Los posibles éxitos puntuales ya no tapan las cuentas que no existen, las auditorías fabuladoras y los incumplimientos fiscales. La ley puede tardar, sí, pero siempre llega.