EN CADA lugar que visita, Pérez Touriño hace un verso: «O Finisterre aillado quedará comunicado»; «O que pase pola ponte non pagará coma onte»; «Os meniños aplicados terán libros regalados»; «Os galegos desta era non terán lista de espera»; «Furaremos en Lubián cando remate o verán»; «A peaxe de Lalín é herdanza do delfín»; «As áreas metropolitanas non se fan en tres semanas»; «Fronte ao clientelismo o que mola é o civismo»; «Teremos grupo leiteiro en xaneiro ou en febreiro»; «Polo si ou polo non, Galiza será nazón»; «O falar de innovación sempre nos da relumbrón»; «E se nada desto cabe, prometemos paridade». Vistos en su propio ambiente, con el marco oportunista que los inspira, los versos del presidente tienen cierta calidad, e incluso hay algunos pasajes que demuestran una sensibilidad y una finura que nos llenan de esperanza. Pero si los ponemos en conjunto, para levantar la epopeya que necesitamos, se ve que por esta vía nunca vamos a llegar a componer La Eneida , Os Lusíadas o La Divina Comedia : « Nel mezzo del cammin di nostra vita / mi ritrovai per una selva oscura / ché la diritta via era smarrita ». Es posible, como dice Machado, que los caminos se hagan andando, golpe a golpe y verso a verso. Pero lo que Galicia necesita no son más caminos y corredoiras, sino un gran poema, un marco ideológico que le dé racionalidad y sentido a nuestra lucha por la modernidad y un poco de eficiencia a nuestra nutrida sementeira de asfaltos, hormigones y ladrillos. Y para eso hay que recomendarle a Touriño que, en vez de andar por el mundo componiendo versos, se quede unos días en el despacho y, lejos del aliento de la parroquia y de las tentaciones de la demagogia, escriba con tranquilidad la gran epopeya que estamos esperando. Un verso, si le peta, lo hace cualquier poeta. Y vivimos asfixiados por ripios y pareados. Pero la poesía no tiene su esencia en la forma externa del lenguaje, sino en la belleza de ideas y sentimientos que, según decía Goethe, transforman las palabras. Y es ahí donde nos falla el discurso. Le falló a Fraga, que siempre estuvo convencido de que para que el carro ande, sólo se necesita empujar. Y le falla a Touriño, que, sintiéndose obligado a responder en todo momento y circunstancia como si fuese un buscador informático, todavía no tuvo tiempo para distinguir la gestión del Gobierno y la tecnocracia de la política. La suerte que tiene el bipartito es que la oposición popular tampoco tiene un buen rapsoda, y que, tratando de obtener una inmediata victoria, también confunde a diario los poemas con los versos. Galicia necesita un bardo para su historia. Aunque es bien sabido que todos los bardos pierden las elecciones.