PASARON varias décadas desde que algunas personas del occidente asturiano y sus municipios ribereños con la ría de Ribadeo pusieron en circulación un nuevo topónimo, que difundieron con amplitud en todas sus comunicaciones y propaganda turística con especial proyección en las páginas de Internet, ante la pasividad y laxitud oficial ribadense. Así surgió lo de «ría del Eo», que alcanzó fortuna en mapas erróneos y medios de comunicación y fue acogido calurosamente por el Gobierno del Principado, que ahora pretende oficializarlo, incluyéndolo en la toponimia de Vegadeo y Castropol. Quien siga la cartografía española a través de los siglos y las cartas náuticas vigentes, conoce que la denominación geográfica legal, histórica y consuetudinaria del estuario que acoge al río Eo no es otro que el de ría de Ribadeo, ría que, como todas las de España, toma el nombre de la población más importante de su litoral. Pretender modificarla por un capricho provinciano no es posible legalmente, pues las facultades sobre toponimia transferidas a las comunidades autónomas alcanzan solamente al uso de la lengua vernácula cuando es aplicable, que no es el caso. Al Gobierno gallego le corresponde la defensa de los derechos históricos de Ribadeo y no dudamos que lo hará previo dictamen de su Comisión de Toponimia, que cuenta con toda clase de antecedentes para confirmar, de una vez por todas, mediante comunicado oficial público, que la denominación correcta y única es ría de Ribadeo, oponiéndose, por infundada, a la pretensión asturiana. Es lamentable que las relaciones entre ambos gobiernos autónomos se vean entorpecidas por estas diferencias pueriles. Bastante tienen con ocuparse de acciones conjuntas a favor del desarrollo social y económico de ambos territorios. Para eso sí que deben unir esfuerzos y abandonar guerritas idiomáticas estériles. Las comarcas asturianas del occidente hablan gallego. Si se quiere, un gallego con variantes y modismos propios, pero esencialmente gallego. Mas si a juicio del Gobierno asturiano es necesario yugular esta contaminación lingüística, pueden montar ikastolas para imponer el bable-astur. Con la inmersión de unas cuantas generaciones, problema resuelto.