Una mano de pintura

OPINIÓN

LOS CAMBIOS de temperatura, el azote del viento y la lluvia, la composición del aire..., en fin, los pasos del tiempo van homogeneizando con sus huellas los paramentos de los edificios. Musgos, líquenes y mohos los cubren como un impermeable para, en un efecto de mímesis, hacer que se integren las texturas y los volúmenes construidos. De otro modo, la dureza pétrea de la ciudad sería insoportable. No hace tantos años que los carros circulaban encajándose en las roderas que a lo largo de los siglos habían surcado las calzadas. Hoy el denso tráfico deforma los pavimentos de adoquines y losas y los hace más incómodos, pero también los humaniza. En el interior de la casa, el habitar va depositando en paredes y techos el sedimento de nuestros sucesivos yoes, que se acumula en algunos casos desde la niñez. Huellas todas ellas, físicas y químicas, que ayudan a suavizar los espacios del presente al cubrirlos con mantos del pasado. Creo que por eso a los niños les gusta explorar las casas abandonadas, con sus desconchados y las trazas de muebles y cuadros desaparecidos, quizá en un ensayo de prognosis de la vejez, mientras a los mayores les complace visitar las ruinas invadidas por la vegetación, en un ejercicio de autoindulgencia. El debate sobre qué hacer con la última piel de los monumentos sigue abierto. Algunas tesis sostienen que existe una «superficie de sacrificio» sometida a una permanente consunción, que es el precio a pagar por el paso inexorable del tiempo, mientras otras abogan por el mantenimiento de los jirones y cicatrices de la epidermis original. Muy al contrario, los materiales modernos, el aluminio, el acero y el cristal, retan al paso del tiempo con sus brillos y reflejos y cuentan con artilugios mecánicos para su limpieza, de manera que puedan estrenar cada día una faz renovada; pero, al igual que cuando un edificio nuevo en un conjunto antiguo, al quitarle las velas de los andamios, aparece como un intruso, aquel resplandor viene a ser casi una ofensa a nosotros mismos porque niega el envejecimiento. Con distintas provisiones legales y económicas, desde la Xunta se trata de poner remedio al problema crónico de esas casas inacabadas, sin epidermis, que no terminan de integrarse en el paisaje. Antes de subvencionar la mano de pintura, cabría preguntarse qué razones puede haber, más allá del factor económico, para que los moradores toleren sin aparente incomodidad la aspereza del ladrillo desnudo y los ayuntamientos tiendan a disculparlo. Pero el problema de mayor calado se da en las ciudades, donde las ordenanzas de ornato obligan a repintar las edificaciones de los ensanches de los sesenta, a las que habíamos perdonado la vida porque habían empalidecido al unísono. Sin estudios de color, dejándolo al libre albedrío, se pierde la oportunidad de recrear la ciudad; por el contrario, con la moda del amarillo yema ictérico y el rosa salmonela combinados con carpinterías lacadas en verde o blanco no sólo se desfigura la buena arquitectura de aquella época, que la hay, sino que, con este cromatismo obsceno, el conjunto resulta más ofensivo que antes. Por eso, si se opta por la sanción y la subvención, que sea con el requisito de utilizar la característica gama de blancos y no los colorines al uso, rompedores de paisajes, y de paso se erradique la falsa rusticidad de las mamposterías desnudas, tan en boga.