El veneno llevado por la brisa

EDUARDO CHAMORRO

OPINIÓN

NACE UNA NUEVA ARMA: EL GAS TÓXICO Aquella guerra introdujo novedades decisivas como la ametralladora de campaña y el carro de combate, pero mostró atrocidades tan inútiles como el lanzamiento de gas sobre tropas atrincheradas. Un modo de combate asqueroso, irresponsablemente dejado al capricho del viento.

21 abr 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

La mayoría de las guerras son un catálogo, a veces incluso un código, de errores. Ésta, la Gran Guerra, fue una auténtica enciclopedia de las meteduras de pata, un horror sufragado por las vidas de millones de personas. Quienes la planearon dieron por supuesto que sería rápida y tan vistosa como las cargas de caballería que habían de resolverla. Nada de eso fue así, sino más bien como aseguró en 1900 el financiero polaco Ivan S. Bloch: «En la próxima guerra todo el mundo estará atrincherado. La pala será tan indispensable para el soldado como el fusil». Alemania se lanzó sobre Francia por el Oeste, y Francia se desplegó por la Alsacia Lorena, hasta que sus líneas se vieron diezmadas por un novedoso fuego de ametralladora que detuvo la ofensiva, mientras los alemanes perdían el fuelle de su impulso, cuarteado por el esfuerzo lanzado contra los rusos al otro lado de la guerra. La batalla del Marne definió entonces el trazado de la pala. Alemanes por un lado, e ingleses y franceses por el otro, alineados y detenidos frente a frente, se lanzaron a una serie de ofensivas y contraofensivas para flanquear las posiciones, sin lograr otra cosa que la expansión colateral de una quebrada línea de trincheras desde el norte de Francia hasta el sudoeste de Suiza. En Ypres, la línea aliada formaba un saliente que se hundía en el territorio enemigo. Alemania había sacrificado a la flor y nata de su oficialidad en aquel avance petrificado que costó 300.000 hombres a Francia, y a Gran Bretaña la casi totalidad de su Fuerza Expedicionaria, núcleo principal del pequeño ejército regular de un país cuya fuerza descansaba fundamentalmente en la Marina. Rudolf Binding, un escritor alemán destinado en Ypres, describe aquel teatro como «un gigantesco cerco de un frente sobre el otro, y ambos hechos una interminable trinchera fortificada. Tanto el enemigo como nosotros nos hemos mutilado de tal modo con ofensivas locales que ya no podemos emprender ningún avance, y carecemos del empuje para realizar un verdadero ataque». Aquella humillante inmovilidad en la que nadie ganaba y todos los prestigios se arrastraban por el suelo, fue rota al atardecer del 22 de abril de 1915 por los alemanes, que aprovecharon un intenso bombardeo sobre Ypres para vaciar dos calderos de cloro gaseoso que inmediatamente abrieron en las defensas de la ciudad un hueco de cuatro millas de anchura poblado de cadáveres con los ojos salidos de las órbitas y la boca cubierta de espuma. Una nube baja gris amarillenta se apoderó del saliente aliado, envolviendo un murmullo sordo y confuso del que huían hombres y bestias con los pulmones reventados. El alto mando aliado conocía la posibilidad de un ataque con gas por las informaciones obtenidas de prisioneros alemanes, a las que no dieron crédito. Ni siquiera el alto mando alemán depositó demasiada confianza en la atrocidad gaseosa, como lo demuestra la insuficiente cantidad de máscaras antigás con las que proveyó a sus tropas, indefensas ante aquella nube amarilla cuando cambió el viento. Aquella batalla de Ypres se saldó con 200.000 muertos.