EL DATO reciente de que la economía gallega ha crecido a un tasa interanual del 2,69 % entre el 2000 y el 2005, figurando en el furgón de cola en España, exige un análisis matizado. En primer lugar, esa tasa está por debajo del objetivo marcado por el PDG, 2000-2006, que venía situado en el 3,15% (ligeramente superior a la media esperada para España). Si el primer criterio para evaluar la eficacia de cualquier política pública es el grado de ajuste entre los objetivos que persigue y sus resultados, habrá que concluir que la política económica del Gobierno gallego en los últimos años ha tenido bastante de fracaso. En segundo lugar, sin embargo, no debe olvidarse que hablamos de una tasa de crecimiento no lejana al 3%, que resulta ahora mismo envidiable para muchas zonas de Europa. La causa principal de que nosotros la veamos con aprensión es que, de modo inevitable, la comparamos con la media española del 3,15% interanual. Pero ello queda en parte aliviado por el hecho de que la fuerte expansión de algunas comunidades autónomas está en exceso anclada sobre el sector de la construcción y sobre un modelo general de crecimiento que, garantizando altas tasas, resulta muy desequilibrado y que es insostenible en el medio plazo. Con todo, es también innegable que otra porción de ese crecimiento diferencial negativo se debe a otros motivos más preocupantes. Por citar algunos de lo menos conocidos, señalar la escasa proclividad a la creación de empresas en Galicia (1,77 por 1.000 habitantes, frente a 2,56 en España) y la escasez de empresas medianas; la menor entrada de capital extranjero; la baja tasa de inversión en I+D+i y la lenta incorporación a la sociedad del conocimiento; la debilidad de los sistemas de formación continua. Son factores de estrangulamiento que será obligado superar si deseamos regresar a una línea de convergencia en el conjunto español.