EN 1979 la URSS invade Afganistán. Ocho años de lucha después, los afganos se sumergen en una guerra civil que acaba en 1996 cuando el Gobierno es asumido por los talibanes, que crean una red de grupos terroristas que se da a conocer con los terribles atentados del 11 de septiembre del 2001. El 7 de octubre de ese mismo año, Afganistán vuelve a ser la víctima de una invasión militar, esta vez de Estados Unidos, para arrasar el bastión terrorista de Al Qaida, la tiranía de los talibanes y, de paso, hacerse con el suministro de gas del país. Cinco años después no sólo sigue sin estar completamente pacificado y libre de talibanes sino que su líder, Bin Laden, campa por sus respetos. En agosto de 1990, Sadam Huseín entra en Kuwait y lo saquea. La comunidad internacional reacciona liberando el emirato en 1991, pero no lo derroca por falta de un sustituto que pudiera evitar el desmembramiento del país. Envalentonado, Sadam siguió desafiando al mundo. Incapaces de controlarlo y con la excusa del peligro que suponía la acumulación de armas de destrucción masiva en sus manos, una coalición internacional liderada por Estados Unidos vuelve a Irak el 20 de marzo del 2003. Tres años después ya nadie busca las armas en un país dividido y en plena guerra civil. Entretanto, y pese a los conflictos bélicos de sus vecinos, la república islámica se consolida en Irán. Pero si las rivalidades fronterizas nunca permitieron una convivencia pacífica, la reciente presencia de EE.?UU. en Irak y en Afganistán amenaza como nunca la supervivencia de la teocracia persa. Por si fuera poco, el radical Ahmadineyad no duda en alardear de su gran desarrollo militar y del enriquecimiento del uranio. Si no hacemos nada para evitarlo, estaremos ante tres países vecinos con un único destino final: la destrucción tras la invasión militar.