Apodos

| EDUARDO CHAMORRO |

OPINIÓN

PUEDE que uno esté mal de la cabeza o sea corto de vista, o cínico, o resulte un hipocondríaco de mi generación, pero el caso es que no encuentro la dosis de optimismo que pueda haber en la victoria de Il Profesore sobre Il Cavaliere. Eso no quiere en modo alguno decir que la hubiera encontrado en una derrota de Il Profesore a manos del Cavaliere. Lo único que quiere decir lo que digo es que un mercado que se resuelve con un encuentro de la oferta y la demanda, que más que coincidencia es una encrucijada, da que pensar en un mercado más bien estancado, feliz de haberse conocido, y resuelto a quedarse papando moscas en la contemplación de su propio ombligo. Dicen que han sido unas elecciones duras, ásperas y a cara de perro, pero cuesta un poco creer ese modo de ser de las cosas cuando Il Cavaliere acude a las urnas con su madre, y Il Profesore lo hace con su nieta. ¡Un arco de tres generaciones para amparar todo un alarde de imaginación convertida en agujero negro! Un auténtico caballero habría dejado a su madre en la casa de donde la sacó, y habría hecho cualquier cosa por evitar que sus facciones se vieran en los periódicos (donde lo único aconsejable, dicen los británicos, es salir en una esquela). Un profesor de verdad habría dejado a la nieta en la guardería y habría invitado al ritual electoral a una corista con un pecho al aire. O habrían acudido los dos a semejante apoteosis solos y desnuditos, como símbolos del coraje y la pureza que a ninguno de los dos adornan. Es esa encrucijada la que me inquieta, ese momento de exhibicionismo electoral en el que los dos rivales recurren a lo que ninguno es. Il Cavaliere le echa la manita a su madre del alma. Il Profesore alza en brazos a la nietecita, como si fuera el mismísimo Cordero de la Madre aquella. Ambos se apoyan en el otro sexo y en edades de las que pretenden el símbolo trenzado de la experiencia puesta al servicio de la inocencia, o de la inocencia puesta al amor de la experiencia, o de ambas puestas al mejor postor, en una subasta que comienza a verse bajo un límite de caducidad, porque Italia no ha crecido en el último año. Y puede alcanzar una deuda del cien por cien en un par de años. Y el pasado de la madre y el futuro de la nieta se harán entonces humo, y de los apodos -Cavaliere, Profesore, ¡manda huevos!- no quedarán ni las patas.