CON los accidentes de tráfico pasa como con el cáncer, no tenemos ni idea hasta que nos toca. Podemos ponernos en la piel de la víctima, de sus familiares, de sus amigos, intentar comprender, pero no sabemos realmente lo cruel y doloroso que es hasta que sucede en nuestro entorno. No sabemos cómo sube por la garganta ese grito desgarrador de silencio, el peor sufrimiento. No entendemos los entierros que se podían haber evitado. No podemos calcular las miles de horas en los hospitales para las recuperaciones, el que sale mejor parado. Hace unos días, algunos se escandalizaban con la campaña de Tráfico de las llamadas telefónicas para comunicar las muertes. Antes, otros se asustaron con las secuencias de golpes brutales. La realidad es tozuda y demuestra que nada llega. El hombre es el único animal que tropieza siempre en la misma carretera. Ya está escrito que lo del asfalto es una guerra. Que los combatientes somos nosotros. Que las cunetas son zanjas para cadáveres. No nos educan para temer la carretera. Al revés. Nos dicen que la velocidad es buena, que ser rápido es lo mejor. No nos educan para temer a los coches. Y caemos como mosquitos en el parabrisas del verano. cesar.casal@lavoz.es