LA PASIÓN de los hispanistas de considerar trágico a nuestro país me revuelve contra ellos, a pesar del respeto que les tengo por su rigor. «Es que éste es un país trágico», acaba de repetir Ian Gibson al comentar su magno libro sobre Antonio Machado. Como si España no pudiese admitir otros adjetivos menos adversos y más esperanzadores. Su pasión -casi maniática- por nuestras ocasionales tragedias, los lleva al exceso de unir las cumbres de la violencia para establecer una continuidad (mendaz y falsificadora) de lo trágico. Porque, con toda nuestra Historia a cuestas, no somos un país que se distinga tanto de sus vecinos o de otras tierras del mundo. Es cierto que hemos hecho nuestras guerras a destiempo, sin coincidir con ellos, pero no hemos hecho más que ellos. Nada comparable, por ejemplo, a Oriente Próximo, donde continúa una guerra casi eterna entre judíos y palestinos. Nada que ver con los interminables conflictos del Cáucaso o con la atormentada historia de Hungría o Polonia. No, queridos hispanistas, nosotros no somos el paradigma de la tragedia. Pero sí que tenemos una historia magnífica. Y en este sentido (no trágico) comprendo y comparto su pasión por España. Porque es cierto que no nos hemos privado de nada.