Couso murió hace hoy tres años a consecuencia del impacto de un proyectil estadounidense contra el Hotel Palestina, en Bagdad. Hace un mes, la Audiencia Nacional archivaba el caso al considerar su muerte un «acto de guerra». Otros lo consideran un «crimen de guerra».
07 abr 2006 . Actualizado a las 07:00 h.n Tenía las fotos de sus hijos, Jaime y Pepe, y una pegatina de «No a la guerra» en la cabecera de su cama de la habitación 1403 del Hotel Palestina. Los compañeros que coincidieron con el ferrolano José Couso en Bagdad lo han retratado como un fuera de serie, un personaje muy querido entre la tribu de los corresponsales de guerra. Tan apreciado que sus amigos lo llamaban con apelativos cariñosos: Pepillo, Pepiño, Cousito o Cousiño. «Bajito, hiperactivo, guasón, José sufría cuando veía sufrir y nunca caía en el humor negro». Así lo recuerdan los periodistas Ángeles Espinosa, Alberto Masegosa y Antonio Baquero en el libro Días de guerra. Diario de Bagdad. Era un «gallego reflexivo», una «sonrisa con piernas», un hombre de carácter amable y pausado, de voz cálida y serena, dice su compañero y amigo de de Tele 5 Jon Sistiaga en Ninguna guerra se parece a otra. «Estamos bien. De vez en cuando con un poco de susto. Ayer, por ejemplo, no dormimos nada y ya son ocho días de bombardeos. Intentamos controlar la situación porque, a veces, te confías demasiado», le decía el cámara a Angels Barceló en una entrevista telefónica desde un Bagdad bombardeado. Pero Couso no era de los que se confiaban, sino un profesional prudente y bregado, un testigo imprescindible de las brutalidades de la guerra. Pero ¿quién podía pensar que el ejército de la primera democracia del mundo iba a convertir el hotel donde se alojaban los periodistas en objetivo militar? Aquel funesto 8 de abril del 2003, el sargento Thomas Gibson, jefe de un carro de combate M1 Abrams, dio orden de disparar el obús que mató a Couso y al cámara ucraniano de la agencia Reuters, Taras Prosuyk. Un mes después del ataque, Gibson explicaba a Tele 5 que había visto a un hombre con unos prismáticos en el hotel, supuestamente dando instrucciones a los fedayines o resistentes iraquíes. No disparó inmediatamente, sino que pidió permiso a sus superiores, el capitán Philip Wolford y el teniente coronel Philip De Camp, que se lo dieron. Éste último lo reconoció más tarde al diario Los Angeles Times: «Lamento decirlo, pero soy el tipo que mató a los periodistas». Su justificación entonces fue que sus unidades estaban siendo atacadas. Los integrantes de la compañía A, de la que formaban parte, se hacían llamar con indisimulado orgullo los asesinos. Mortalmente herido, con la pierna destrozada, la máxima preocupación de Couso era que su mujer, Lola, no le viera en ese estado. Tras ser intervenido, falleció. Tenía 37 años. La familia del cámara emprendió entonces una ardua lucha por esclarecer las circunstancias en las que José Couso perdió la vida y conseguir que los responsables, a los que consideran criminales de guerra, se sentaran en el banquillo. Su querella fue admitida a trámite el 17 de octubre del 2003, pese a la oposición de la Fiscalía, por el juez de la Audiencia Nacional Guillermo Ruiz Polanco. El 19 de octubre del 2005 el juez Santiago Pedraz dictaba órdenes de busca, captura y detención de los tres militares implicados, por asesinato. EE.UU. no movió un dedo para colaborar con la justicia española. Poco antes de cumplirse el tercer aniversario de su muerte, la Audiencia Nacional archivaba el caso, al considerar que en su muerte no había existido dolo, sino que había sido un «acto de guerra contra enemigo aparente erróneamente identificado». «Legalizasteis el asesinato de mi hermano», escribió su hermano Javier en una demoledora carta abierta.