LA REMODELACIÓN del Gobierno que acaba de hacer Zapatero, aunque reducida en extensión, tiene un indudable calado político. Las crisis de Gobierno suelen responder a dos tipos de causas: la conveniencia de sustituir a uno o varios ministros quemados, o a la necesidad de poner en la mejor disposición posible al Gobierno para abordar las prioridades políticas que se derivan de una situación novedosa. Pues bien, creo que estamos ante una crisis que encaja perfectamente en el segundo supuesto. Porque de la decisión del presidente pueden deducirse fácilmente tres conclusiones. La primera, que Zapatero ha optado por construir un núcleo duro del Gobierno homogéneo, plenamente identificado con su proyecto político. En efecto, un amigo personal del presidente, Alonso, sustituye a Bono al frente de la cartera de Defensa, Pérez Rubalcaba, otro de los hombres de su confianza, vuelve al Gobierno para ocuparse de Interior, cartera que, en la perspectiva de la negociación con ETA, es absolutamente decisiva. Por último, Mercedes Cabrera, otra de las apuestas personales del presidente, se encargará a partir de ahora de desarrollar la ley de educación, una de las prioridades programáticas del Gobierno. La segunda conclusión que se extrae de la reciente crisis es la apuesta decidida de Zapatero por la paz en el País Vasco, objetivo al que responde el nombramiento de Rubalcaba como ministro de Interior. Finalmente, la caída de Bono es la consecuencia de una larga batalla política. Su cese responde a la voluntad de Zapatero de dotar al Ejecutivo de la coherencia que necesita para abordar el complejo proceso de paz y la gestión de la nueva etapa del Estado autonómico tras la aprobación del Estatuto de Cataluña.