EL DIÁLOGO para la paz, que se vislumbra en Euskadi, admite dos narraciones, en términos muy parecidos a lo que Maurizio Cotta denominaba la curta y la lunga storia. En la historia corta, que es la preferida por los políticos, puede ser cierto que ETA está derrotada, que no está en condiciones de exigir un precio político a cambio del abandono de las armas, y que todas las oportunidades abiertas por la declaración del alto el fuego derivan de la desarticulación del espacio batasuno propiciado por la ley de partidos. Pero si se tiene en cuenta la historia larga, en la que se acumulan cuarenta años de asesinatos y esperanzas frustradas, no es tan evidente que el entorno de ETA haya sido destruido, y en modo alguno se puede descartar que la antigua Batasuna se convierta, junto con el PSOE, en la gran beneficiaria de este proceso. El acoso legal contra Batasuna sólo tenía sentido en la medida en que la derrota policial de ETA coincidiese con la extinción efectiva de la coalición aberzale, y siempre que esa derrota se plasmase en la desarticulación de sus apoyos sociales y en la adscripción de su electorado a otros partidos nacionalistas. Pero esa solución, que Aznar elevó a categoría de Biblia, era una quimera. Y por eso puede resultar inevitable que, teniendo una perentoria necesidad de crear interlocutores válidos y eficientes, nos veamos obligados a reponer a Arnaldo Otegi en el centro estratégico de la política vasca. La fórmula elegida para poner fin a la violencia etarra sigue siendo una oportunidad muy importante que ningún Gobierno debería desperdiciar. Pero no por eso podemos ignorar que la apertura de conversaciones con ETA va a tener grandes costes políticos y electorales para el PP y el PNV, mientras fortalece, en una medida difícil de pronosticar, al PSOE y a los batasunos. Para evitar este resultado serían precisas dos condiciones que ya no son recuperables: cederle al PNV el protagonismo de la paz, en términos muy parecidos a los que exploró Felipe González, y evitar que el PP quedase aislado por un discurso policial maximalista que el Gobierno viene contradiciendo desde hace un año. Pero es evidente que los esfuerzos que está haciendo Ibarretxe para situarse en el centro de los escenarios de paz tienen más posibilidades de entorpecer el proceso que de favorecerlo. Y tampoco parece que el PP vaya a embarcarse en una aventura política que, en caso de prosperar, llevaría a Zapatero a la mayoría absoluta. Por eso veremos a Otegi echándole un pulso victorioso a la ley de partidos, mientras PSOE y PNV reeditan el pacto para la gobernabilidad de Euskadi. Un viaje en círculo para el que no se necesitaban tantas alforjas.