LOS NORTEAMERICANOS, siempre rigurosos a la hora de llamar a las cosas por su nombre, encontraron el mejor imaginable para describir la forma en que los partidos se reparten los puestos políticos y administrativos en cuanto llegan al poder: spoils system, es decir, sistema de botín. Claro y preciso. Ese sistema medró en la España de la Restauración con la exuberancia con que las plantas carnívoras florecen en la selva, pero tuvo, sin embargo, una virtud: que generó nuestra mejor literatura realista del siglo XIX. Galdós fue, sin duda, su primer representante, como lo demuestran, entre otros, dos inolvidables personajes -el cesante Villaamil, protagonista de Miau, y el usurero Torquemada, actor principal de una cuatrilogía excepcional-, centro los dos de un universo poblado por sablistas, hambrientos, jovencitas casaderas, cobistas, mamás cursis, subsecretarios y gorrones. La España de Galdós era como la de Carpanta, pero con personajes de verdad. La nuestra es, por el contrario, en este asunto del botín, más ambiciosa y descarnada, quizá más posmoderna, pero inútil para la literatura costumbrista. Fijémonos sólo en la rabiosa actualidad. ¿Qué vemos? Pues vemos que ni entre los dirigentes de ERC, que han protagonizado estos días uno de los espectáculos más bochornosos de nuestra reciente historia democrática, ni, salvadas todas las distancias, entre los presuntos delincuentes agazapados en espera de su presa en esa cueva de Alí Babá que es el Ayuntamiento marbellí, cabe encontrar la grandeza de los humildes miserables galdosianos: esos que sólo aspiraban a bien casar a la niña para sacarla de las estrecheces de la recurrente cesantía o a ganar un puesto de bedel para poder comer todos los días. Con insufrible desvergüenza, el señor Vendrell, y sus conmilitones de ERC, pretenden justificar no sólo la legalidad, sino también la honestidad, de una operación recaudadora escandalosa en favor de un partido que recibe docenas de millones de euros de los Presupuestos del Estado y de la Generalidad. Su peculiar sistema de botín no consiste sólo en colocar a los amigos sino también en cobrarles la prebenda. Ya en el terreno de la pura delincuencia, los políticos marbellíes que acaban de cambiar el coche oficial por el policial no aspiran tampoco a llegar a fin de mes, sino a hacerlo al fin del mundo en cruceros de lujo pagados con cargo a un dinero tan negro como su negra profesión. Así se escribe esta historia: mientras unos pocos piratas gritan ¡al botín! colgados de las jarcias del Estado, la mayoría del país trabaja, se aprieta el cinturón y paga religiosamente los impuestos.