Oportunidad para Rajoy

| ANXO GUERREIRO |

OPINIÓN

SERÍA conveniente que Rajoy nos dijera de una vez qué quiere ser cuando se haga mayor. Porque después de casi tres años al frente del Partido Popular todavía no sabemos a ciencia cierta si comparte el discurso rupturista de José María Aznar o si sólo lo ha asumido coyunturalmente con el fin de mantenerse en el cargo. En el primer supuesto, no estaríamos ante un verdadero liderazgo, sino ante un rehén del aznarismo que trata infructuosamente de esconder bajo una piel de cordero al lobo en que se ha transformado el PP en los últimos años. La segunda versión no dejaría mejor parado a Mariano Rajoy. En tal caso nos encontraríamos ante un oportunista político que, dejando de lado todas sus convicciones, está dispuesto a poner todo patas arriba con tal de mantenerse al frente del tinglado. Así pues, Rajoy necesita despejar las dudas existentes, tanto en la sociedad española como en sus propias filas. Pero ha de ser consciente de que no dispone de mucho tiempo para acreditar su capacidad para definir un proyecto político propio y para liderar un equipo coherente y creíble que aleje definitivamente al PP de un discurso apocalíptico que recuerda demasiado al que emitía la derecha española hace setenta años. Si Rajoy aspira realmente a dirigir un partido moderno no le queda otra opción que romper amarras con el aznarismo y apoyarse en el sector de su organización (Núñez Feijoo, Gallardón, Piqué, Camps, Matas¿) que considera que la alternancia debe producirse desde una oposición firme y exigente, pero que rechaza el recurso a la crispación como método para producir cambios políticos en el país. Un sector que no comparte el discurso catastrofista según el cual todo está en peligro: la religión, la familia e incluso la nación. Una corriente política emergente que está más cerca de los principios del patriotismo constitucional que del nacionalismo español reactivo y primario que caracterizó a la derecha española durante buena parte del pasado siglo. Pues bien, el alto el fuego decretado por ETA proporciona a Rajoy una oportunidad irrepetible para construir un discurso político que permita homologar al PP con los partidos conservadores de nuestro entorno. Porque, en efecto, en los próximos meses el presidente del PP no tendrá más remedio que optar entre dos alternativas. La primera, ceder una vez más ante las presiones del sector duro del partido, que piensa que quien se desvíe un milímetro de las políticas que el Gobierno de Aznar llevó a cabo traiciona la memoria de las víctimas y claudica ante el terrorismo. La segunda, reconocer que se ha producido un cambio sustancial en ETA del que hay que sacar consecuencias, lo que emplaza al PP a revisar sus análisis y estrategias, y lo obliga a alcanzar un acuerdo con el Gobierno sobre esta decisiva cuestión. Sólo así logrará Rajoy volver a situar al PP como alternativa creíble de gobierno, y sólo de este modo podrá salvar su maltrecho liderazgo. Pero debe recordar que la fortuna no suele pasar dos veces por delante de la misma puerta.