Elecciones en Israel

| YASHMINA SHAWKI |

OPINIÓN

30 mar 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

EL COMPLEJO entramado político de las coaliciones gubernamentales de Israel, donde tienen cabida partidos de extrema derecha con otros de izquierdas, es la manifestación más clara no sólo de la incapacidad de los partidos para obtener mayorías, sino de lo variopinta que es su sociedad. Esta diversidad se traduce en un precario equilibrio de los gobiernos que, inestables por naturaleza, acaban por sucumbir cuando las diferencias, incluso dentro de un partido, provocan la dimisión de alguno de sus miembros. Así sucedió con el golpe de efecto de Sharon, quien en noviembre del año pasado anunció su abandono del Likud, donde había militado durante décadas, para crear su propio partido, el Kadima. Esta maniobra de Sharon pretendía la convocatoria anticipada de elecciones, que finalmente tuvieron lugar el pasado 28 de marzo. La expectación generada por estos comicios a los que, paradójicamente, no pudo concurrir el postrado Sharon no se ha visto correspondida por la participación de los ciudadanos ni por los resultados obtenidos. Así, el trasvase de votos del Likud al Kadima, siendo importante, no ha sido lo suficientemente relevante como para alcanzar, ni de lejos, los 39 escaños que los sondeos de intención de voto le daban apenas hace unas semanas. Kadima sólo ha obtenido unos precarios 28 mientras el Likud, privado de muchos de sus líderes con la creación del nuevo partido, apenas ha conseguido 11 frente a los 38 que había captado en el 2003. Mucho mejor parados han quedado los laboristas, con 20 parlamentarios, destacándose así como partido clave para la formación del nuevo Ejecutivo. Estas elecciones pasarán a la historia no sólo por su convocatoria anticipada, el ascenso inesperado del gris Ehud Olmert y el avance en la configuración de un Estado palestino al mando de un partido considerado terrorista, como es Hamás. Se recordarán porque, frente a la trascendental importancia que hasta ahora tuvo la política propuesta para afrontar el gran problema de la nación: Palestina. La preocupación del ciudadano israelí comienza a inclinarse hacia la situación económica en un momento en el que la moneda se ha devaluado frente al dólar y el crecimiento está estancado.