Mientras hierve la jeringa

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

EN EL FORCAREI de mi niñez, el sistema sanitario estaba reducido a tres personas: don Julio, el médico, que recetaba las inyecciones; don Manuel, el padre de Chano Piñeiro, que regentaba la farmacia; y doña Carmen, la mujer de don Julio, que, a falta de auxiliares, pinchaba nuestros culos con notable maestría. Aunque los dos primeros eran titulados, y doña Carmen no, nuestros recuerdos están vinculados al ceremonial que hacía aquella mujer antes de inyectarnos la penicilina, y que, visto en sus grandes rasgos, me recuerda al que ahora nos traemos a propósito de ETA. Doña Carmen era habladora, y su sola entrada en la casa cambiaba el escenario. Pero su especialidad consistía en que, mientras comentaba con los padres las incidencias del vecindario, se dirigía constantemente al aterrado niño que iba a recibir la inyección para negar lo evidente: «No te la pongo, filliño», «no es para ti». Las agujas ya estaban hirviendo en el mechero de alcohol, y ya había serrado el cuello de la solución estéril con la que iba a mezclar los polvos misteriosos. Pero cada veinte o treinta segundos se volvía hacia el niño y repetía su insistente jaculatoria: «No es para ti», «no duele nada», «se la vamos a poner a mamá». Gracias a ello conseguía siempre el mismo resultado: sublevar y hacer llorar a los niños, y obligar a los padres y hermanos a emplearse a fondo para inmovilizar aquellas nalgas, indultadas primero y después martirizadas. Siempre creí que la escena referida era propia del atraso, y que, con el avance de la modernidad, aprenderíamos todos, niños y mayores, a afrontar directamente los problemas. Pero llegó el alto el fuego de ETA y, mientras se prepara la inyección de paz que el Estado va a recibir en nuestros culos de honrados ciudadanos, los que nos la van a poner -Gobierno, partidos, magistrados, fiscales y fuerzas de seguridad- se pasan el día diciendo lo mismo que doña Carmen: «no os la vamos a poner», «no es para vosotros», «no duele», «se la ponemos a mamá». Las chorradas que se dicen estos días imputándoselas al Estado de derecho claman al cielo, igual que clamaban los consuelos de doña Carmen. Y las reuniones en la Moncloa son como sombras chinescas concebidas para un aula de parvulitos. Pero yo tengo la total seguridad de que los ciudadanos lo llevaríamos mucho mejor si alguien nos dijese la verdad: «Tenemos una herida por la parte Euskadi, y es necesario poner un pinchazo, con dolor y esperanza, en la parte más sana y asequible del cuerpo social». Dado que somos mayorcitos, y sabemos de qué va, estamos dispuestos a que se haga lo que hay que hacer. Y es obvio que no se gana nada prometiendo dulzuras mientras hierve la jeringa.