A costa de la costa

| ALFREDO VARA |

OPINIÓN

ESTABAN enamorados de aquellas playas. De niños habían aprendido en ellas a nadar, a pescar y a perder la noción del tiempo en las inolvidables puestas de sol sobre el Atlántico. De jóvenes, fueron el escenario de interminables noches de diversión a la luz de las estrellas. Les gustaban tanto que decidieron hacer de aquellas playas el eje y escenario de sus vidas. Decidieron que otras personas tenían también derecho a divertirse en aquel paraíso. Y comenzaron a poner los medios. A los primeros chiringuitos siguieron con rapidez varias discotecas, cada una más grande y espectacular que la anterior. Con la madurez, extendieron sus negocios a los restaurantes y la culminación llegó con varios hoteles y un rosario de urbanizaciones, que convirtieron aquellas playas en hormiguero de turistas que atiborraron las cuentas bancarias de los promotores. Con la masificación llegó la saturación del tráfico a las calles de aquella nueva ciudad. Las depuradoras construidas a toda prisa se revelaron insuficientes y el agua comenzó a escasear ante la presión de la demanda. Aquellos turistas adinerados que llenaban los hoteles empezaron a buscar otros horizontes. Ya no les satisfacía aquel lugar. Decían que restaurantes y urbanizaciones inmensas las había en cualquier parte. Pedían playas tranquilas, aguas limpias y la posibilidad de compartir una tarde con los pescadores del lugar. Y ver la puesta de sol sobre el Atlántico, sin calles colapsadas ni anuncios de neón.